+ Una sociedad colectiva +

«Solem Montoro se había erigido en una sociedad colectiva
en la que a nadie le faltaba de nada»

A pesar de la presencia de tan encubiertos enigmas, Solem Montoro se había erigido en una sociedad colectiva en la que a nadie le faltaba de nada. Todos trabajaban para todos, y lo que no pudieran adquirir por ellos mismos, los Eruditos se ocupaban de conseguirlo.

Así pues, los aldeanos disponían de fruta y hortalizas en el mercado, alimentos que ellos mismos conreaban en sus pequeños huertos y cultivos, además, la caza era abundante, pues dentro de los límites de sus bosques se escondían numerosos animales y especímenes de todo tipo y para todas las preferencias.

Y si por alguna razón necesitaban cualquier cosa que la naturaleza del lugar no pudiera proveer, solo habían de informar al Santuario de la Sabiduría: cualquier tarea que implicara ausentarse de la aldea y faltar a los rezos matutinos recaía, una vez más, sobre la figura de sus moradores, los Eruditos. De vez en cuando mandaban a uno de los suyos más allá de sus fronteras que, sobre una carreta tirada por mulas o vacas, y siguiendo el camino que cruzaba los bosques, podía plantarse en la urbe más cercana en menos de tres jornadas.

Aunque tales permisos eran tan exclusivos que solo se otorgaban en casos muy excepcionales, si se daba alguna urgencia de peso o peligraba seriamente la vida de alguien.

El Comerciante

Bien, en realidad, no solo ellos cruzaban el bosque para facilitar la vida de los solemnienses, actualmente también un hombre ejercía de comerciante, aunque este era natural de la ciudad vecina de Vulnávida. Y, aunque no era muy bien visto por los omnipresentes ojos del Santuario, lo cierto es que la presión de los aldeanos, que reclamaban y solicitaban a algún responsable para dichas tareas, tan agradecidas y funcionales, les convenció de mantener el vínculo con aquel mercader del suroeste de la isla.

Asimismo, y para su alivio, la gente no solía precisar de nada que no estuviera a su alcance, así que aquel comerciante únicamente visitaba Solem Montoro una vez al mes.

Hacía ya años que los mismos Eruditos habían prohibido la existencia de oficios que se alejaran de la aldea y sus alrededores, quizás por miedo a enfurecer a su dios o puede que simplemente debido al recelo que les generaba cualquier noticia o persona ajena a su hermético modo de vida.

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