39. Confinados

«Si los de fuera creen enloquecer por pasar un par de semanas sin salir al exterior,
¿no significará que la locura también está presente en ellos?»

Llevo diez años confinado, así que comprended que no me angustie demasiado la idea de que todo el mundo viva por unos meses lo que llevamos años viviendo nosotros. Estar encerrado no es tan malo… sobre todo ahora que sé que no somos los únicos.

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25. Nuevo Matamentes

«Me estaba volviendo loco. Y eran aquellos que supuestamente se encargaban de curar
mi locura, los que estaban consiguiendo ahogarme en ella…»

Oskar… ay, Oskar… Hoy voy a hablar de ti.

Lo cierto es que cuando entró en el hospital no me causó buena impresión. Es normal teniendo en cuenta que, para entonces, él pertenecía al enemigo: lo presentaron como el nuevo psiquiatra, experto en tratar todo tipo de esquizofrenias, aunque su juventud y el porte despreocupado que gastaba le daban un aspecto poco habitual entre sus iguales. Primero pensé que se trataba de otro paciente, y cuando supe quién era, pensé que ya habían caído las vendas y comenzaban a aceptar que estaban peor ellos que nosotros.

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13. El Sistema

«Si la gente de la calle siente que no es libre por culpa del sistema…
¿qué crees que sentimos los de aquí adentro?»

Aunque no lo parezca, uno no nace encadenado al sistema. Uno se encadena al sistema cuando pretende luchar contra él y sus infinitas injusticias.

El sistema es el mundo exterior, da igual quién parezca controlarlo o gobernarlo. Mejor dicho: el sistema es tu creencia de que el mundo exterior tiene poder sobre ti. ¿Y quién no cree eso? Todo el mundo pertenece al sistema porque todo el mundo cree que ese mundo y sus poderes tienen influencia sobre él.

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12. Movido por la Ingenuidad

«Cuando te crees esclavo del sistema, juzgado por sus ideales
u oprimido por sus injusticias, te estás esclavizando a ti mismo.»

Yo nunca sentí que pudiera volar, pero sé que he ayudado a otros a que lo hicieran. Siempre les previne de cuidar sus palabras, de la importancia de confiar en la vida sin dejar de confiar en el propio instinto que te susurra “a éste sí, a éste no”. No es lo mismo ser confiado, que ser ingenuo. Confiar en ti o en el destino no está reñido con desconfiar de aquellos que no confían en nada excepto en el control.

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11. El Arte de Volar (2a Parte)

«El ser humano siempre quiso volar, y cuando uno descubrió cómo hacerlo,
el resto lo tachó de loco e impidió que lo hiciera.»

Daba igual las formas que emplearan los psiquiatras y terapeutas, o el personal de enfermería…, no hubo manera de hacerle ver que esos vuelos los imaginaba él, que todos esos viajes nocturnos los creaba su cabeza. Porque él sencillamente respondía que sí, que también todas las percepciones de los médicos procedían de sus cabezas, y que él no los juzgaba por eso. Era un enfermo difícil, no por agresivo, sino porque, a pesar de estar medicado, conservaba sorprendente agilidad mental y, a menudo, por sus afinadas respuestas parecía más listo que el personal médico. Por eso nadie conseguía derrotar sus delirios a través de la lógica, ni aplacar sus alucinaciones sin que él les diera la vuelta y los hiciera replantearse si no estarían todos alucinando también con él.

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10. El Arte de Volar (1a Parte)

«Él quería vivir, pero no anclado en el suelo como el resto de humanos,
sino flotando entre las nubes.»

Se llamaba Nicomen Pronddi, pero todo el mundo lo conocía como Nico. Desde muy pequeño soñó con ser capaz de volar como los pájaros. Él estaba seguro de que lo iba a lograr, pues sólo tenía que esperar a que le crecieran las alas. O quizás sin ellas, como Superman. Poco le duró esa inocente fantasía, lo justo para que sus padres le contaran la verdad: él era un niño humano, y los humanos no tenían alas ni volaban vestidos con capas rojas. Desde aquel día, Nico empezó a aborrecer dos cosas: los límites de los adultos, y el mismo hecho de ser persona.

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9. Diez años

«Aceptar que lo que digo es real, significa, automáticamente,
reconocer que todo cuanto siempre ha concebido él no lo es.»

Llevo diez años encerrado en esta prisión, aunque algunos prefieran llamarlo hospital. Diez años demostrando que no envejezco nada, pero todavía nadie se ha atrevido a reconocerlo. Cada día me pregunto cómo no los encierran a ellos, cuando es evidente que, habiendo pasado tanto tiempo, yo mismo me he convertido en la prueba de lo que afirmo. ¿Quién coño diagnostica a los que nos diagnostican como locos? ¿Acaso no se dan cuenta de que son ellos los que nos convierten en locos, al juzgar nuestra sabiduría como demencia y privarnos de libertad?

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