29. El día en que morí por última vez

«Prefiero narraros el sufrimiento de mi muerte, antes que padecer de nuevo
el desgarrador dolor de morir recordándola a ella…»

Oskar me ha pedido que le hable de mi primera madre… pero me niego a ello. Todavía no estoy preparado para ir tan atrás en mi memoria de esta última vida… Todavía no quiero. Quizás sea porque es esta, la más cercana, también la más dolorosa.

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28. Sustituta de madre

«Gracias a ella volví a odiar a un ser humano. Y lo digo como algo positivo,
porque el odio que le dirigí me permitió volver a sentir.»

En aquella época, desvanecido mi ángel y su hija Liliane, y muerta la bibliotecaria Dora, el único contacto social mínimamente cercano, que no afectuoso, era mi madre adoptiva: Lourdes. Ella había perdido a un marido y un hijo… Pero yo había perdido mucho más, aunque todavía no lo recordara.

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27. Guardián de Historias

«Aún estaba plenamente encarnado en este cuerpo humano,
limitado además por las viejas estructuras de mi cuadriculada mente.»

Oskar me ha pedido que continúe explicando qué ocurrió después de que Liliane me encomendara ocuparme de la biblioteca. Imagino que quiere entender cómo llegué a alcanzar la inmortalidad si, por aquel entonces, todavía era incapaz de considerar que un conjunto de libros pudieran abarcar los secretos de la Eternidad… Muy sencillo: cuando murió Dora y Liliane apareció ante mi, yo todavía no era inmortal. Mi espíritu sí lo era, por supuesto… Todos lo son. Pero no mi cuerpo. Aún no.

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23. Bibliotecario

«Una biblioteca es un universo que trasciende el tiempo,
donde convergen historias del pasado y del futuro más allá de cualquier límite.»

¿Y qué podría hacer yo en todo esto? Dijiste que tu libro hablaba de mi, ¿no?

Sí, pero solo al final. Hiciste algo que, en lugar de mejorar la situación, terminó por empeorarla. Sin embargo, tengo ciertas esperanzas. Aunque no puedo contarte demasiado al respecto… o corremos el riesgo de alterar la historia alternativa que he imaginado. Y si no la he escrito es porque, principalmente, existen demasiadas posibilidades de que pueda alterarse.

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22. El Fin (de la Imaginación)

«Nadie escribe nada, son las propias vidas vividas
las que deciden transcribirse a si mismas para inmortalizarse.»

Lo sé, lo leí en la biografía de la bibliotecaria, Dora. ¿Qué tienes que decirme?

Hay un libro que he estado escribiendo… Aún no lo he terminado, pero habla de ti –aseguró, poniéndome los pelos de punta–. Aunque en mi imaginación eres algo mayor, así que aún no tienes la edad del personaje del que he escrito. Todavía tienes tiempo.

¿Tiempo para qué?

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21. La escritora

«No hay respuestas ni revelaciones satisfactorias para aquellos que sueñan en confabulaciones.»

Encendí las luces nada más entrar en la sala, y descubrí varias estanterías, más sucias y empolvadas que las del piso de abajo. Era un lugar como detenido en el tiempo, como si hubiera surgido de una novela de misterio del siglo pasado. Pero ahí estaba yo, un hombre huraño y extraño de este mismo siglo.

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19. De dónde surgen los cuentos…

«Para un hombre que necesita ver con sus ojos todo lo que ama,
aprender a amar lo invisible acabará siendo su mayor liberación.»

Desde que mi ángel bajó a mi tierra, ni siquiera quería quedarme delante de la tele con mi madrastra. Durante los primeros meses de convivencia fue el único momento de distensión que compartimos, por eso ella me exigía ahora que me quedara haciéndole compañía como antes. Pero ya nada era como antes, ahora que había aparecido ella. Si me quedaba delante de la tele, iba a perderme la única cosa que verdaderamente quería ver.

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18. Vuelta… a empezar

«Por lo menos la tenía a ella.
Ella sostuvo aquella fantasía durante más tiempo de lo previsto»

La tarde se hacía más dura al saber que mi ángel no regresaría hasta el día siguiente; su ausencia, sin embargo, ayudaba a que mi imaginación se desbordara, por lo que las páginas cobraban mucha más vida gracias a la estela que ella había dejado. La lectura e investigación vespertina se prolongaba hasta que la malhumorada bibliotecaria se decidía a cerrar su templo, allá sobre las ocho.

Cada tarde, cuando llegaba la hora, ella solía hacerme un pequeño siseo que sólo yo escuchaba (era el único que aún no me había ido); a continuación, nos deseábamos las buenas noches, y yo regresaba a mi limbo particular.

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17. Rata de biblioteca

«Esa máscara me convenía como tapadera ideal
para que me dejaran vivir tranquilo dentro de mis aburridas rutinas.»

Por aquel entonces todavía no me llamaba Hèctor Sóiel, sino que el mundo me conocía como Eric Lleiva… Llevaba un año fuera de la calle, acogido por una, en un principio dulce, mujer que se comportaba y ejercía de madre. En esa época todavía me recuperaba de mis más de diez años de descarnada indigencia, y poco a poco iba saliendo de la profunda apatía que había estado a punto de consumirme. Las relaciones con humanos todavía no compensaban el esfuerzo de acercarme a ellos y pretender un interés inexistente; prefería relacionarme con libros.

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16. Sé que no me crees

«Quien aprende a creer en el mundo a costa de desconfiar de uno mismo,
se extravía él y pierde también el mundo.«

Ya sé que no me crees. Entiendo que la mayoría de quienes leéis estos textos penséis que soy un mentiroso; y también comprendo al resto, que dudáis entre creer que me lo invento todo para sacar algo a cambio o que lo hago porque estoy simplemente chiflado. ¿Pensáis que sois los primeros que piensan eso de mi?

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