+ Solem Montoro +

«Solem Montoro era una tranquila aldea construida al pie de una gran montaña
y rodeada de millas y millas de bosque
«

Solem Montoro era un pequeño pueblo que había sido construido al pie de una gran montaña por algunos miembros de un clan procedente de Jótland, en Danmark; se trataba de una tranquila aldea rodeada de millas y millas de bosque, no muy lejos de las Ciénagas de Cuervosa. Un caudaloso río cuyo cauce nunca secaba cruzaba sus bosques, por lo que sus moradores gozaban de toda el agua que quisieran. Pero si había algo que abundara más que el agua y los árboles en aquella tierra, sin lugar a dudas eran los misterios que la rodeaban.

Cuenta la leyenda que tiempo atrás se avistaron varios seres o criaturas en sus bosques: bestias con la apariencia de duendes que se desvanecían al ser descubiertos. Aunque tan anecdóticos sucesos no fueron lo más asombroso que vivió su gente…

La parte realmente inconcebible, y que concierne a sus inicios, surge de las crónicas que se describen en algunos escritos ya olvidados, en los cuales se pueden leer verdaderas maravillas, vinculadas, todas ellas, con las profundas raíces que penetraban en la tierra y se alzaban sobre ella.

Montaña Divina

Se trataba de una gran montaña, la única que existía a leguas a la redonda. Una montaña que ensombrecía la aldea, y que llamaron La Dorada Prominencia o, más comúnmente, Monte del Oro, dando nombre al pueblo. Puede que «Monte del Oro» sea un nombre extraño para una montaña, por lo que es probable que se pregunten por qué motivo fue apodada así. De hecho, esa era la primera cuestión que formulaban todos los forasteros que visitaban la aldea…

Pues bien, se decía que en sus interminables pasadizos y grutas se hallaba la mayor cantidad de oro de toda Dursgard. Incluso se cuenta que, en aquellos tiempos, gran multitud de buscadores y exploradores llegaron a desaparecer durante su infructuosa búsqueda en el interior de aquella majestuosa e imponente montaña. Jamás se investigaron los motivos de su desaparición… Quizás porque ni siquiera quisieron averiguarse.

Pero lo cierto es que, desde entonces, la montaña fue considerada una divinidad más de la antigua mitología normanda de la región, a la que adoraban y veneraban día y noche. La desconfianza no tenía cabida entre ellos y su obsesivo culto: de esta manera, aceptaron con resignación la opresiva y autoritaria «voluntad» del Dios de la Montaña.

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