18. Vuelta… a empezar

«Por lo menos la tenía a ella.
Ella sostuvo aquella fantasía durante más tiempo de lo previsto»

La tarde se hacía más dura al saber que mi ángel no regresaría hasta el día siguiente; su ausencia, sin embargo, ayudaba a que mi imaginación se desbordara, por lo que las páginas cobraban mucha más vida gracias a la estela que ella había dejado. La lectura e investigación vespertina se prolongaba hasta que la malhumorada bibliotecaria se decidía a cerrar su templo, allá sobre las ocho.

Cada tarde, cuando llegaba la hora, ella solía hacerme un pequeño siseo que sólo yo escuchaba (era el único que aún no me había ido); a continuación, nos deseábamos las buenas noches, y yo regresaba a mi limbo particular.

Continuar leyendo

17. Rata de biblioteca

«Esa máscara me convenía como tapadera ideal
para que me dejaran vivir tranquilo dentro de mis aburridas rutinas.»

Por aquel entonces todavía no me llamaba Hèctor Sóiel, sino que el mundo me conocía como Eric Lleiva… Llevaba un año fuera de la calle, acogido por una, en un principio dulce, mujer que se comportaba y ejercía de madre. En esa época todavía me recuperaba de mis más de diez años de descarnada indigencia, y poco a poco iba saliendo de la profunda apatía que había estado a punto de consumirme. Las relaciones con humanos todavía no compensaban el esfuerzo de acercarme a ellos y pretender un interés inexistente; prefería relacionarme con libros.

Continuar leyendo

16. Sé que no me crees

«Quien aprende a creer en el mundo a costa de desconfiar de uno mismo,
se extravía él y pierde también el mundo.«

Ya sé que no me crees. Entiendo que la mayoría de quienes leéis estos textos penséis que soy un mentiroso; y también comprendo al resto, que dudáis entre creer que me lo invento todo para sacar algo a cambio o que lo hago porque estoy simplemente chiflado. ¿Pensáis que sois los primeros que piensan eso de mi?

Continuar leyendo

15. Todo empezó siendo Nada

» Cuánto más cercano a lo eterno, más presente se vuelve lo transitorio.»

¿Pero cómo no desear morir cuando uno está hastiado de esta farsa que llamamos vida? Y no estoy hablando de sentirme indigno o deprimido porque no se han cumplido mis deseos y ansíe el suicidio para escapar de todo… Si me refiero al hastío es por puro aburrimiento. Como resultado de esta infinita e interminable repetición que es mi existencia.

Continuar leyendo

14. La traición de la Rosa

«Me postré ante la vida, me ofrecí al amor, sin piel, sin límites ni barreras.
Me arriesgué y eso me condujo a estar hoy ingresado aquí.»

A decir verdad, también yo traté de luchar contra el sistema incontables veces. También yo fui ingenuo, y quizás también inconsciente… Siempre lo he sido, ¡para qué engañarnos! Y eso que conservo memoria de mis otras doce vidas, por lo que un error de este calibre resulta casi insultante. Pero no fue mi ingenuidad el problema, ni tampoco mi beligerante paranoia contra el sistema y sus espías… no, mi problema devino de la inconsciente búsqueda de afecto que pretendía colmar por medio de todo ello.

Continuar leyendo

13. El Sistema

«Si la gente de la calle siente que no es libre por culpa del sistema…
¿qué crees que sentimos los de aquí adentro?»

Aunque no lo parezca, uno no nace encadenado al sistema. Uno se encadena al sistema cuando pretende luchar contra él y sus infinitas injusticias.

El sistema es el mundo exterior, da igual quién parezca controlarlo o gobernarlo. Mejor dicho: el sistema es tu creencia de que el mundo exterior tiene poder sobre ti. ¿Y quién no cree eso? Todo el mundo pertenece al sistema porque todo el mundo cree que ese mundo y sus poderes tienen influencia sobre él.

Continuar leyendo

12. Movido por la Ingenuidad

«Cuando te crees esclavo del sistema, juzgado por sus ideales
u oprimido por sus injusticias, te estás esclavizando a ti mismo.»

Yo nunca sentí que pudiera volar, pero sé que he ayudado a otros a que lo hicieran. Siempre les previne de cuidar sus palabras, de la importancia de confiar en la vida sin dejar de confiar en el propio instinto que te susurra “a éste sí, a éste no”. No es lo mismo ser confiado, que ser ingenuo. Confiar en ti o en el destino no está reñido con desconfiar de aquellos que no confían en nada excepto en el control.

Continuar leyendo

11. El Arte de Volar (2a Parte)

«El ser humano siempre quiso volar, y cuando uno descubrió cómo hacerlo,
el resto lo tachó de loco e impidió que lo hiciera.»

Daba igual las formas que emplearan los psiquiatras y terapeutas, o el personal de enfermería…, no hubo manera de hacerle ver que esos vuelos los imaginaba él, que todos esos viajes nocturnos los creaba su cabeza. Porque él sencillamente respondía que sí, que también todas las percepciones de los médicos procedían de sus cabezas, y que él no los juzgaba por eso. Era un enfermo difícil, no por agresivo, sino porque, a pesar de estar medicado, conservaba sorprendente agilidad mental y, a menudo, por sus afinadas respuestas parecía más listo que el personal médico. Por eso nadie conseguía derrotar sus delirios a través de la lógica, ni aplacar sus alucinaciones sin que él les diera la vuelta y los hiciera replantearse si no estarían todos alucinando también con él.

Continuar leyendo

10. El Arte de Volar (1a Parte)

«Él quería vivir, pero no anclado en el suelo como el resto de humanos,
sino flotando entre las nubes.»

Se llamaba Nicomen Pronddi, pero todo el mundo lo conocía como Nico. Desde muy pequeño soñó con ser capaz de volar como los pájaros. Él estaba seguro de que lo iba a lograr, pues sólo tenía que esperar a que le crecieran las alas. O quizás sin ellas, como Superman. Poco le duró esa inocente fantasía, lo justo para que sus padres le contaran la verdad: él era un niño humano, y los humanos no tenían alas ni volaban vestidos con capas rojas. Desde aquel día, Nico empezó a aborrecer dos cosas: los límites de los adultos, y el mismo hecho de ser persona.

Continuar leyendo

9. Diez años

«Aceptar que lo que digo es real, significa, automáticamente,
reconocer que todo cuanto siempre ha concebido él no lo es.»

Llevo diez años encerrado en esta prisión, aunque algunos prefieran llamarlo hospital. Diez años demostrando que no envejezco nada, pero todavía nadie se ha atrevido a reconocerlo. Cada día me pregunto cómo no los encierran a ellos, cuando es evidente que, habiendo pasado tanto tiempo, yo mismo me he convertido en la prueba de lo que afirmo. ¿Quién coño diagnostica a los que nos diagnostican como locos? ¿Acaso no se dan cuenta de que son ellos los que nos convierten en locos, al juzgar nuestra sabiduría como demencia y privarnos de libertad?

Continuar leyendo
RSS
Facebook
Facebook
Instagram
YouTube
Sígueme por Email