+ Secreto divino +

«Gracias a su creciente desconexión y al también creciente hermetismo de sus gentes,
la Gran Isla quedó prácticamente aislada de toda influencia ajena»

Con el paso de los años, y la perdición de gran parte de las dos últimas generaciones, muy poca gente —a excepción de los mismos marinos mercantes que comerciaban con Exsto Renascor— siguió conociendo la existencia de aquella insólita isla; pues se decía que solo aquellos que ya la hubieran pisado, embriagándose de la fragancia de su cautivadora vibración, podían seguir recordándola. Y ahora eran pocos, muy pocos, los antiguos vikingos escandinavos que no habían perecido en las últimas guerras en Inglaterra, al servicio del rey Harald Hardrade.

Sin contar las muchas bajas que, con la muerte de Sigurd el Cruzado en 1130, cayeron en la guerra civil que había estallado como resultado de las disputas internas para asegurar un digno y justo sucesor al trono.

Un secreto olvidado

Por lo tanto, la existencia de aquella tierra se convirtió en un secreto al alcance de muy pocos, y la dirección para encontrarla era codiciada por aquellos escasos hombres que habían oído hablar de ella y no eran capaces de olvidarla. Afortunadamente, Dursgard nunca necesitó al resto del mundo para nada, puesto que siempre sobrevivió sola. Mucho antes de que la ubicación de la Isla cayera en el olvido —e incluso antes de que ningún colono la descubriera—, las poblaciones de la Gran Isla ya se bastaban de sus propios recursos y el comercio interno para subsistir a la perfección.

Gradualmente, incluso la mayoría de comerciantes de Ciudad Cumbre había ido desistiendo de los intercambios con los países de la Ruta del Norte, pues una vez los negocios dejaron de ser fructíferos para sus mercaderes ya no hubo necesidad de seguir con ello. Y en lugar de pérdidas, obtuvieron mayores beneficios reduciendo un gran número de costes y trabajo.

En resumen, gracias a su creciente desconexión y al también creciente hermetismo de sus gentes, la Gran Isla quedó prácticamente aislada de toda influencia ajena. Solo así se explica que en casi todas las ciudades se venerara a los mismos dioses de antaño, tal y como hubieron hecho sus progenitores nórdicos durante siglos, y que ningún murmullo religioso del exterior de Dursgard lograra penetrar en sus territorios.

Un nuevo Dios

Aunque, a decir verdad, quizás fuera esa misma situación la que posibilitara la aparición de una nueva divinidad no reconocida en los hogares de origen de aquellos que la honraban: había un poblado, de hecho, que, sin llegar a ignorar a las divinidades predominantes de su cultura, comenzó también a rendir homenaje diario a un dios propio, cuyo nombre y presencia no figuraba en el conocido panteón de dioses escandinavos; y se trataba justamente de la única comunidad de colonos que, quizás por su receloso aislamiento para con el resto de pueblos de la Isla, había conservado su aparente modestia y la sencillez de sus gentes. Aunque también su desconfianza.

Y así, desistiendo a convertirse en una ciudad mayor, rechazaron también las normas, preceptos y mandatos que regían la vida cotidiana de sus vecinos. Me refiero, por supuesto, a la siempre fresca y fértil aldea de Solem Montoro.

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