+ Olvidados y malditos +

«Fueron perdiendo contacto con la vieja Europa, olvidando sus orígenes hasta quedar aislados en ese mundo perfecto que no soportaba comparación con recuerdos pasados»

Los años fueron pasando, y desde la llegada de los clanes nórdicos, la Tierra de Dursgard había llorado numerosas veces; en realidad, lo seguía haciendo demasiado a menudo. Los visitantes se convirtieron en pobladores, y sus pueblos fueron creciendo, transformándose algunos en las ciudades antes mencionadas. Y al tiempo que se habituaban a aquella nueva existencia, las gentes extranjeras del Norte fueron evolucionando, de tal manera que muchos ya no parecían descendientes de la popular estirpe guerrera.

Poco a poco, los nuevos habitantes de la Gran Isla fueron perdiendo contacto con la vieja Europa, olvidando con ello sus orígenes hasta quedar aislados en ese mundo perfecto que no soportaba comparación con ningún recuerdo de tierras ni hogares pasados. Y aunque aquella tierra se comunicaba habitualmente mediante múltiples embarcaciones con el resto de los reinos escandinavos, apenas la Ciudad Cumbre quiso mantener conexión directa con aquello que todos los colonos nórdicos habían dejado atrás. De los muchos puertos existentes, únicamente el de la excelsa urbe del clan de los Mud aceptó negociar con el mundo exterior.

De hecho, llegó a convertirse en un importante y estratégico puerto para las rutas comerciales del Norte; y creció y se extendió su nombre por el Este, representando la principal puerta marítima de la isla, apodada como la Costa de los Durs. Sus muelles abiertos a las aguas del sur, construidos debido a los intereses de sus ambiciosos propietarios, comerciaban con productos de los principales rincones de Dursgard para luego revenderlos a los mercantes y navíos que se atrevían a cruzar el mar. No obstante, incluso sus gobernantes, los únicos afines a tratar con gentes ajenas a la Gran Isla, se mostraban recelosos ante la posibilidad de recibir o alojar a nuevos visitantes extranjeros.

La Isla Maldita

Probablemente fueran ellos mismos quienes se encargaran de mantener, acrecentar y extender los misteriosos rumores que los propios pueblos del Norte de Europa ya habían engendrado de antemano. Por ello, Dursgard, en lugar de perder su infundada mala fama, rápidamente fue ganándose una mayor reputación, cuanto menos nefasta y fatídica, llegando a ser apodada «La Isla Maldita» o «La Tierra de Loki».

En consecuencia, los navegantes o comerciantes que se veían obligados a hacer escala en sus costas apenas abandonaban sus navíos, siendo muy pocos los que se atrevían a pisar sus orillas, temerosos de ser embrujados por el dios Loki y que dicho hechizo les impidiera huir jamás de allí. Cuando, en realidad, todo aquel que tenía el valor de internarse en Dursgard, y se dejaba seducir por su mágica atmósfera, quedaba profundamente hechizado e iba desprendiéndose progresivamente de gran parte de su antigua cultura.

Religión intocable

Sin embargo, ni el sortilegio que conferían aquellas tierras bastó para borrar aquello que sus visitantes más amaban y respetaban. Si un tema permanecía intocable y perduraba inalterable en el modo de vida de la mayor parte de comunidades nórdicas que habían llegado a aquella tierra tropical, ese era, sin duda, su religión. Para la gran mayoría de normandos significaba su principal seña de identidad, y no parecía posible que llegaran a olvidarla ningún día. Tenían su propia colección de leyendas, y veneraban a un panteón de divinidades muy concretas, por lo que el hecho de cuestionar cualquiera de los surrealistas mitos y pasajes en los que creían, o dudar de los orígenes de aquellas épicas leyendas, podía ser, sin duda, motivo de disputa, y dependiendo del lugar, incluso penado con la muerte.

De hecho, solo aquellos que se establecieron en la ciudad volcán de Vulnávida se atrevieron a desentenderse de sus viejos dioses, hasta el punto de olvidar las tradiciones familiares y los rituales que se habían transferido antaño de padres a hijos. Aunque, por lo general, ellos fueron los únicos capaces de integrarse sin resistencias en el nuevo mundo, adaptándose su mismo espíritu a las costumbres autóctonas. Mientras que el resto de pueblos siguieron cuidando y aferrándose a su vieja religión aun con mayor afán, alarmados ante la amenaza de que rechazar sus divinas raíces significara también perderse a sí mismos.

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