+ Dursgard +

«Algunas de las regiones y núcleos habitados más conocidos
entorno a la extensa isla o Tierra de Dursgard»

A pesar de los aciagos augurios de los desconfiados, hacia el 815 d. C. muchos pueblos y ciudades habían nacido y crecido, no sin, por supuesto, multitud de inesperados aprietos y gran sudor derramado. Pero había valido la pena tanto esfuerzo, ya que ahora sus habitantes gozaban de una salud y un bienestar sin precedentes entre las generaciones anteriores, un porvenir muy lejano al que ostentaban aquellos hermanos que habían decidido permanecer en las Tierras del Norte.

Creación de ciudades…

Algunas de las ciudades y núcleos habitados más conocidos entorno a la extensa isla o Tierra de Dursgard fueron: Vulnávida, la Ciudad del Fuego, un prodigioso baluarte erigido por la misma naturaleza. El más antiguo levantado sobre la superficie de aquella región, y morada de una extraña raza de hombres, principales oriundos de la Gran Isla.

La reducida urbe de Asyli Fortis, conocida como el Santuario de la Fortuna, donde la evolución de la existencia cobraba un sentido más cercano al gozo y placer de la belleza que a la básica necesidad de supervivencia. Allí la filosofía y la alquimia se convirtieron en artes tan reconocidas como la pintura, la joyería y la escultura.

Mae-Nipropia, llamada también la Ciudadela de Roca: una fortificación amurallada construida por alguna civilización pretérita en la cordillera más alta y extensa de la Gran Isla.

Paludis Compesco, una ciudad pesquera que abrazaba, mediante varios espolones, una pequeña porción del mar del Norte; se edificó sobre las dunas de una playa de arenas rojas, cercana a la zona de humedales antiguamente conocida como el Estanque Cerrado.

Y Exsto Renascor, a la que algunos preferían llamar Ciudad Cumbre o «Cumbre de las Estrellas», que representaba el núcleo principal para los intercambios comerciales y los negocios mercantiles que, tras la llegada de los colonos nórdicos, comenzaron a gestarse y prosperar en Dursgard.

… y pueblos

Asimismo, numerosos pueblos diminutos fueron floreciendo poco a poco, tanto alrededor de las grandes ciudades, como totalmente alejados de ellas; y ese es el caso de una pequeña y peculiar aldea que se mantuvo aislada de las demás colonias, conservando desde su instauración la sutileza y belleza de su reducida extensión. Manteniendo también, con suma prudencia y privacidad, los particulares preceptos bajo los que se guiaba su reducido número de habitantes. Con el tiempo, aquel íntimo emplazamiento terminaría siendo bautizado como Solem Montoro.

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