+ La Gran Isla +

«Una tripulación de navegantes vikingos se adentró en las fieras Aguas del Norte,
y encontraron una tierra que no aparecía en mapa alguno»

Hace más de cien décadas, en el año 795 d. C., justo cuando se emprendían las primeras incursiones a Escocia e Irlanda, una tripulación de navegantes vikingos se adentró en las fieras Aguas del Norte en busca de un horizonte más cálido que el lugar de donde provenían. Pero no fueron las costas escocesas que tanto ansiaban avistar lo que encontraron, sino una tierra que no aparecía en mapa alguno. Un territorio de vastas extensiones, y aparentemente inexplorado, que albergaba sorpresas improbables para cualquier ser humano. Un hogar utópico que hoy en día estaría ubicado unas millas al suroeste de Islandia.

Se trataba de una extensión fértil en todos los sentidos: rica en alimentos, minerales y en todo lo que se pudiera necesitar para vivir de forma digna y abundante. Era el mayor paraíso jamás soñado por cualquier navegante, el mejor destino para un explorador de civilizaciones y el espacio más propicio para todo descubridor e investigador de los milagros de la naturaleza; no en vano, un número desproporcionado —aunque también indeterminado— de especies comunes y desconocidas poblaban aquella isla, tanto de fauna como de flora.

Una isla especial

Y aunque poco tiempo tardaron sus descubridores en averiguar que aquella tierra tropical ya había sido ocupada antes, no supuso problema alguno para los intereses de las dos civilizaciones que colisionaron entonces. De forma inesperada, pues contrariaba sus típicas costumbres de invasión y su tradicional ley del pillaje, los vikingos acordaron un amistoso trato con sus principales habitantes, y accedieron cordialmente a compartir las maravillas de aquella extensa isla en pos de una mejor vida para todos. Así, traicionando sus patrones habituales, en ningún caso incurrieron a la amenaza ni a la coacción, ni tampoco se llevaron a cabo acciones violentas contra sus oriundos moradores.

Tanto les fascinó aquella tierra mágica, que se vieron motivados a romper con todo cuanto se habían identificado durante siglos, desprendiéndose de los rígidos principios que heredaron y absorbieron desde que empezaran a percibir el mundo en la misma tripa de sus madres. De hecho, los vikingos, como hemos sabido al cabo del tiempo, también crearon pacíficas colonias en sus lugares de destino; por lo tanto, parece lógico pensar que no toda su casta fue invasora. Sin embargo, que un puñado de ellos se negara a regresar a sus hogares y enterrara sus sagradas raíces, sugiere que quizás no fuera un territorio cualquiera lo que allí hallaron.

Poco tiempo transcurrió hasta el día en que los vikingos descubridores de aquel exótico paraje lo bautizaron con un nombre. Se lo conoció como Tierra de Dursgard, cuya traducción podría hacer referencia a la tierra de la Morada del Gigante. Aunque para sus autóctonos nunca dejó de ser la Gran Isla.

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