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«Aun sin que ningún fenómeno palpable acechara, los habitantes se notaban cansados y afligidos: una ola depresiva llenaba los corazones y helaba las almas de la multitud»

El primero, no era más que un pordiosero extraviado, que mendigaba por las esquinas pero no aceptaba caridad de ningún tipo, ni siquiera la limosna de los más pudientes.

Y, aunque su presencia no agradaba a ninguno de los Eruditos más jóvenes, tampoco podían hacer nada para expulsar a un viejo pobre que, a ojos de la mayoría de aldeanos, no había hecho nada malo.

No pensaban lo mismo los más veteranos… puesto que aquellos que conservaban memoria, sabían que aquel extraño había estado antes entre ellos. Pocos lo reconocieron, sin embargo.

Y mientras fue así, apenas se alarmó nadie en la aldea.

Un hombre sin rostro

Ahora bien, no ocurrió lo mismo con el segundo personaje que apareció y se desvaneció de la noche al día: llegó también sin que nadie lo esperara, y corta fue su estancia, pero ningún solemniense accedió a recibirlo ni se atrevió a permanecer en su presencia.

Era un hombre, pero, aquellos que aseguraron haberlo visto, juraban que no tenía rostro… Y, aunque apenas permaneció una noche, ya fue suficiente para que el terror instalara sus paranoicas raíces en el pueblo. No en vano, su presencia coincidió con la trágica y aparatosa muerte del líder y principal figura de autoridad de los Eruditos.

Por supuesto, las dramáticas observaciones que proclamaron desde el Santuario de la Sabiduría no ayudaron a calmar los ánimos, y terminaron sembrando todavía más pánico entre la gente…

Interpretaciones

La lectura que los Eruditos elaboraron a raíz de su inesperada presencia no se limitó a hacerlo responsable de la defunción de su cabecilla, sino que, para justificarla, se declaró y promovió una conclusión, como poco, desorbitada: según su interpretación, el Hombre sin Rostro era la personificación del Dios de la Montaña, y había acudido para alertarlos de la tragedia que estaba por venir.

Aquel personaje no tenía cara, su cabeza había sido borrada, y, por lo tanto, todos los cabezas de familia de Solem Montoro estaban condenados a desaparecer… así como acababa de hacerlo la cabeza pública del Santuario.

Nada más lejos de la realidad; aunque sí demasiado cerca de la delirante fantasía en que ya se habían sumido sus habitantes.

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