+ La Reunión +

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«Cuando las nubes del Oeste ya ocultaban completamente el frío sol de las últimas semanas, un grupo de hombres se reunió en la taberna»

Otro largo día transcurría en el pueblo, aparentemente tan monótono y aburrido como sus antecesores. Pero aquella misma noche estaba a punto de ocurrir algo que convertiría esa rutinaria jornada en un punto de inflexión para cambiar el futuro de Solem Montoro, y como consecuencia, de toda Dursgard.

Así, cuando las nubes del Oeste ya ocultaban completamente el frío sol de las últimas semanas, un grupo de hombres se reunió en la taberna.

Se trataba de un encuentro clandestino, a espaldas de los Eruditos que habían sobrevivido a la letal epidemia. Hacía ya siglos que cualquier reunión había sido prohibida a menos que se celebrara en el Santuario de la Sabiduría, o en su defecto, hubiera sido consentida y fuera atestiguada por uno de sus Sabios.

Pero era aquella una decisión inevitable, teniendo en cuenta que ya había pasado un mes exacto desde el día en que el joven Trud fallara a su obligada asistencia al rito diario, y aún nadie había osado hablar abiertamente de si existía o no solución alguna para evitar el castigo celestial que aguardaban con temor los solemnienses.

La cantina de Grim

Eran pocos los valientes que habían acudido a tal reunión y, por supuesto, todos hombres. En asuntos turbios de este calibre siempre se intentaba mantener al género femenino bien alejado; quizás por miedo a que ellas demostraran, por contraste, más coraje del esperado —y deseado—. Por eso, solo había dos mujeres entre los presentes: la esposa y la hija del posadero, que servían a los asistentes vino e hidromiel en sus cuernos y copas.

Asombrosamente, pese a la gravedad del asunto y a la poca gente del pueblo que había asistido a la reunión, la taberna estaba completamente llena. De hecho, incluso había algún forastero, que aquella noche se había encontrado desafortunadamente con un inesperado y bullicioso debate.

El dueño de ese antro se llamaba Grim y era un tipo simpático y alegre. Llevaba siempre consigo una gran barriga, obra de la comida y la bebida del lugar. Aunque, a pesar de su obesidad, jamás perdía el sentido del humor, o al menos eso había asegurado él antes de aquella noche.

La «Cantina de Grim» era una humilde e íntima posada, no demasiado grande, que estaba ubicada en una de las calles más próximas al bosque de Odín, paralela a la Plaza Mayor.

Tenía dos plantas bien amuebladas: la de arriba la usaban para vivir Grim y su familia, y durante los últimos años también como alquiler de habitaciones para viajeros de paso. La planta principal, que servía como taberna, estaba revestida de tablas y listones de madera pulida que constituían una pared reforzada por dos filas de robustos postes; estaba techada, además, con enormes vigas que aguantaban el piso superior, que a su vez sostenía el pesado tejado de pizarra. Un desagradable olor que emanaba de las lámparas de sebo de ballena plagaba la sala de esquina a esquina.

Esa noche, las tres mesas más grandes habían sido colocadas en paralelo y lo único que las separaba eran unas pequeñas pilastras que reforzaban y apuntalaban las habitaciones del piso superior.

El herrero

Allí se hallaba una multitud inquieta, incapaz de permanecer sentada y en silencio, incluso siendo todos conscientes de haberse involucrado en una reunión presuntamente secreta.

En la cuarta mesa, enfrente de las otras tres, se había acomodado Frei, apretado entre otros asistentes… Así se llamaba el principal herrero del pueblo, que no paraba de pedir silencio; pero todos estaban demasiado alborotados como para prestar atención a nadie que no fueran ellos mismos.

Solo uno de ellos se mostraba paciente y restaba callado e inmóvil… Era el mismo Trud que, incluso reconociéndose como detonante de aquel conflicto y a riesgo de recibir muy posibles reprimendas, también había asistido. Vestía una capa verde con capucha y mallas negras. Tal vez porque iba encapuchado nadie se fijó en él.

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