+ La Epidemia +

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«Desde el incidente, un clima de miedo inundaba las calles. Incluso así, la monótona vida en la aldea continuaba sin que nada fuera de lo común llegara a producirse»

Dos semanas habían pasado sin que nada nuevo hubiera acontecido. Las oraciones no habían cesado ni un solo día, y hasta el joven Trud, avergonzado y arrepentido, se levantaba una jornada tras otra bajo el importante deber que un solo día había olvidado.

Desde el incidente, un clima de miedo inundaba las calles. Algo amargo se esperaba. Los más viejos auguraban futuros desastres; el paso del tiempo les había confiado suficiente experiencia como para saber que no todo andaba bien. Aun así, a pesar de las turbias y agoreras palabras que se dejaban escuchar, la monótona vida en la aldea continuaba sin que nada fuera de lo común llegara a producirse.

Mientras los días avanzaban y las noches se sucedían, el cielo se tornaba más triste y el ambiente más pesado. La festiva primavera parecía transformarse poco a poco en el invierno más gélido y desolador que los aldeanos alcanzaban a recordar.

Aun sin que ningún fenómeno palpable acechara, los habitantes se notaban cansados y afligidos. Una ola depresiva llenaba los corazones y helaba las almas de la multitud. Ya no se oían canciones ni voces de alegría, y se iba contagiando la sensación generalizada de que ni tan solo los pájaros revoloteaban ya por los tejados.

El temporal

Entonces, llegó un inconcebible temporal de viento y frío, y consigo una misteriosa epidemia: extrañas enfermedades consumían a los ancianos; uno tras otro, sin pausa ni descanso. Y esencialmente, eran los mismos Eruditos quienes se apagaban amargamente en la soledad de sus alcobas.

Y fue durante aquellas mismas jornadas de confusión y tensa espera, cuando dos extraños personajes se presentaron en Solem Montoro:

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