+ Forasteros +

«Un forastero era siempre sinónimo de preguntas, y apenas unas cuantas eran necesarias para desmoronar los enigmas que sustentaban aquel estricto credo»

Del mismo modo, el Santuario tampoco era proclive a recibir extranjeros… quizás debido a la presión de ocultar tantos secretos: un forastero era siempre sinónimo de preguntas, y apenas unas cuantas eran necesarias para desmoronar los enigmas que sustentaban el estricto credo que todos cumplían a rajatabla. De reconocerse la ignorancia de los Eruditos, se perdería también toda su reputación y, con ello, su poder.

Sin embargo, aunque en el pasado Solem Montoro no había sido precisamente un pueblo acogedor y hospitalario, desde hacía unos pocos años las cosas habían empezado a cambiar: ahora los forasteros empezaban a ser bien recibidos, y algunos incluso eran invitados a quedarse.

Dos condiciones

Eso sí, siempre que cumplieran con dos condiciones indispensables: comida y techo a cambio de una tarea, y el respeto absoluto hacia su dios, así como la implicación y participación en los ritos que constataban aquella devoción. Ese era el trato.

Un acuerdo que, además, incluía un requisito final: si lo aceptaban, debían quedarse para siempre; y tan solo entonces, siendo bautizados como hijos de Solem Montoro, serían dignos de conocer sus «secretos».

Tan prometedora era la promesa, como sacrificado el compromiso de su aceptación. No era de extrañar pues que el reconocimiento y popularidad de la aldea, dentro del ámbito de viajeros y exploradores, fuera casi inexistente, salvo para los peregrinos que moraban en la misma Gran Isla, que consideraban aquel paraje como un rincón obligado a visitar en algún momento de sus vidas.

Peregrinos y buscavidas

Así fue como algunos peregrinos de otras regiones decidieron echar raíces en aquella tierra prometida, y terminaron formando parte del pueblo, gozando así de los mismos privilegios y obligaciones que cualquiera de los demás habitantes.

No eran tan bienvenidos, claro está, aquellos que únicamente pasaban la noche y luego partían, o sobre todo aquellos que se escudaban bajo la máscara de mercaderes para buscar negocio fácil, ya que no era extraño que cometieran la osadía de distorsionar la plácida pero estricta vida del pueblo.

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