+ El Pacto Sagrado +

«En el pasado existió un Pacto en el que la raza de los humanos juró fidelidad eterna a los Dioses, gloriosos e inmortales hasta el fin de los tiempos»

Al principio, la mayor parte de Eruditos albergó dudas acerca de la autenticidad de aquel vaticinio, pero ninguno se arriesgó a cuestionar dicha creencia, y menos aun a plantear públicamente si no sería todo una gran farsa. De este modo, ante la incapacidad de asumir simplemente su ignorancia, todos los Eruditos acabaron creyendo fielmente en lo que había sido profetizado… en lo que, de tanto repetirlo, se creyó que había sido profetizado, aun sin saber cuál había sido su origen ni preguntarse por su profeta.

E incluso aquellos que inicialmente no fueron tan crédulos, terminaron también cediendo ante tan poderosa y amenazadora idea, aunque solo fuera para no desentonar y adaptarse al pensamiento de la masa. ¿Pero de dónde procedía semejante augurio? ¿De dónde surgía aquella inflexible adoración hacia una montaña que engendraba oro pero destruía vidas?

A decir verdad, no todos los Eruditos ignoraban el asunto, había algunos que sí sabían… Solo unos pocos, pero gozaban del privilegio de tener información al respecto. Según revelaba un enigmático y viejo relato, que apenas circulaba por las manos de cuatro importantes familias, en el pasado existió un Pacto que databa de tiempos ancestrales, en el que la raza de los humanos juró fidelidad eterna a los dioses, gloriosos e inmortales hasta el fin de los tiempos.

Sometidos por sus reglas

Por supuesto, los habitantes de la aldea convivían al margen de aquellos entresijos: a excepción de tan escasos confidentes, el resto del pueblo —incluidos los Eruditos— permanecía totalmente ajeno a la existencia de ese supuesto Pacto. Y, sin embargo, hasta el último de ellos continuaba viviendo regido por sus rígidas y condicionantes reglas.

Los pocos Eruditos sabedores de la existencia del Pacto nunca pretendieron que nadie se entrometiera en tales asuntos… Y para no levantar sospechas, se encargaron de preservar una plácida vida en la aldea mientras la alternaban con el gran temor que generaba el dios que supuestamente la protegía.

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