+ El Loco +

«Tenía “la valentía del loco”: esa osadía que lo movía a compartir y defender sus constantes
delirios de grandeza con cualquier persona que se cruzara en su camino»

La muerte de sus padres adoptivos, los únicos que lo acogieron… Esa era una de las razones que lo convirtieron en un muchacho triste, solitario e imprevisible: extremadamente tímido a momentos, radicalmente extrovertido y peligrosamente molesto en otros. Sin embargo, no era esa la única razón; y, sin lugar a dudas, tampoco fue tan trágica pérdida la que terminó motivando la gran animadversión que sentían sus vecinos hacia él.

La honradez se hospedaba en él, pero jamás sintió que le sirviera para nada. Así como tampoco la sinceridad y transparencia con que exponía sus ideales. Según la particular opinión de la gente, Trud no decía más que sandeces, locuras y excentricidades. No ayudaba, ciertamente, que tuviera lo que llamaban “la valentía del loco”: esa osadía que lo movía a compartir y defender sus constantes delirios de grandeza con cualquier persona que se cruzara en su camino, o se atreviera a comprar en su, cada vez menos concurrida, tienda del mercado.

Pero, sobretodo, lo que menos hablaba en su favor, era el atrevimiento con que se había exclamado ante los pregones y anuncios de los Eruditos del Santuario, rebasando todos los límites de la autoridad al enfrentarse abiertamente a las pautas religiosas que regían el orden del pueblo. La cuestión de que afirmara hablar con los Dioses en sueños se entendía como una alucinación que hubiera podido consentirse sin darle mayor importancia, pero no lo era manifestar públicamente los dictados que éstos le enviaban, principalmente si con ellos llevaba la contraria a la poderosa voz del Santuario.

Elegido por su demencia

Lo acusaban pues de creerse un Elegido señalado por su propia demencia, puesto que él no cesaba en su empeño de identificarse como Salvador de los Hombres y adalid de la Era de las Bienaventuranzas… un rol adjudicado por sí mismo que molestaba y aborrecía a los principales mandatarios de un pueblo tradicionalmente obcecado en su rígido monoteísmo desde poco después de su fundación.

Y la postura de Trud ante aquel evidente desdén que le reportaban, sin lugar a dudas no era la actitud más propicia, ni por prudencia ni por cordura. En resumen, el joven era, a ojos de la gran mayoría, y por decirlo de algún modo, el loco del pueblo; y como tal lo trataban sus congéneres. De hecho, eran pocos aquellos cuya sensibilidad les impedía meterse con él, aunque ninguno de ellos se arriesgaba a defenderlo o tomarlo en serio ante el resto de aldeanos, ni tampoco a darle el menor crédito a sus vanidosos y confusos discursos.

Culpable por ser

Por todo ello, los habitantes de Solem Montoro no solían tratarlo demasiado bien, y a menudo se reían de sus peculiares andares cuando arrastraba los pies, o cuchicheaban sobre él, desgranando su penosa vida y recordando sus excéntricas ideas y cavilaciones.

Tanta burla y discriminación no solo incrementaron su involuntario aislamiento, sino que también multiplicaron un sentimiento de culpabilidad que le condujo a cargar con la misma muerte de su familia adoptiva.

La gente, aun sabiéndolo, no detuvo sus críticas y habladurías; ni tampoco, claro está, movió nadie un solo dedo con el fin de ayudarlo. En realidad, durante los últimos años, tan solo se relacionaba con un par de jóvenes de su misma edad, aunque con el tiempo, y después del lamentable suceso que da comienzo a esta historia, también ellos dejaron de hablarle.

Nadie supo si aquel día no salió a orar por miedo a la vida y deseoso de que las profecías se cumplieran, o si simplemente fue un tonto descuido de un pobre amargado. Sin embargo, pronto pudieron saber todos qué consecuencias tuvo su desliz; aunque éstas no se presentaron de inmediato, sino gradualmente: pues una serie de extraños acontecimientos fueron tejiendo la maldición que los Eruditos siempre habían temido.

Al fin y al cabo, la imprudencia de Trud fue mucho más que eso: supuso el inicio de una nueva era.

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