E. La Voz del Alma

«El Aire que respiramos nos proporciona así breves instantes de Alegría,
porciones de felicidad tan etéreas e invisibles como el mismo Aire que las representa»

Es la Voz del Alma quien nos recuerda la Verdad a cada instante, aunque solo puedan escucharlo aquellos que están dispuestos a vaciar sus instantes y dejarlos en auténtico silencio. Ella evoca las verdades acerca de lo ocurrido y rememora, con cada nuevo aliento, la realidad de lo que somos y jamás dejamos de ser.

Cuando la Consciencia se identificó con el Perceptor, habiéndolo juzgado como el camino correcto para poder seguir existiendo, decidió cristalizarse en materia tangible para habitar ese Cosmos que había emergido para rivalizar con la Nada… No fue hasta entonces que comenzó a tomar forma física.

Esta suma de decisiones derivó en la creación del Ego, distinguido y separado del resto de proyecciones de la Consciencia; es decir, escindido de la Nada, de lo Incorrecto, e incluso de lo Percibido. Disociado, en definitiva, de La Fuente de Divino Amor que se expresa por medio de la Voz del Alma.

Un mensaje del Divino Amor

Así mismo se engendró el Mundo y los Cuerpos que en él habitan; pues, tal y como rememora la Voz del Alma:

Tratamos de hinchar nuestro falso cuerpo con la falsa vida que arrastra el viento: el Aire que respiramos nos proporciona así breves instantes de Alegría al percibirnos como responsables de nuestra existencia única y distinguida. Pero esa Alegría es tan etérea e invisible como el mismo Aire que la representa.

No en vano, el Aire apenas llena nuestro Cuerpo humano, y eso se debe a que respiramos a medias. Por mucho que tratemos de ocultarlo, es nuestra honda Tristeza y su Agua lo que constituye el 90% de nuestro cuerpo humano. Y así queda patente su vínculo cada vez que nos permitimos expresar nuestra pena y expulsamos los excedentes de Agua que nuestro organismo ya no puede contener.

Así, para resistirnos a sentir y mirar esta profunda Tristeza que nos construye como Cuerpos ajenos a Dios, nos pasamos toda una vida de ilusión tragando porciones y frutos de la Tierra para dar consistencia a nuestro falsa identidad como Egos, y mitigar el Miedo que sentimos ante la desaparición como entes supuestamente separados.

La comida que ofrece la Tierra pues, procede de nuestro propio Miedo a la vez que trata de contrarrestarlo para perpetuar nuestra sensación de seguir sobreviviendo a esta vida irreal.

Las Cuatro Consecuencias

Y, en todo eso, sobreviviendo a base de hincharnos de falsa Alegría que tratamos de retener sin suerte, mientras nos tragamos el Miedo sin tan siquiera digerirlo, con el fin de tapar y expulsar la Tristeza que nos constituye, tienen lugar los estallidos de Rabia e Ira que nos otorgan la sensación de continuar vivos justo cuando más cerca estamos de percibirnos muertos.

El Fuego interno se extrapola en ataques y violencia externa cada vez que alguien nos recuerda la Tristeza que nos habita y define, haciendo responsable al Mundo de la pena que corre por nuestras venas cuando ésta sirvió para su misma creación.Además de impulsar nuestros Egos y sus Cuerpos a perpetuar el vano juego de seguir creyendo que somos algo real y especial. Cada chispazo que construye nuestra conexión entre células procede de él…

Porque la energía que nutre los pensamientos del Ego se encendió a raíz de la Rabia con que quisimos negar nuestro Miedo a Dios. Es la misma Ira con que intentamos enterrar y “externalizar” la Tristeza inherente a la vida de soledad que escogimos al separarnos de su Divina Unidad y Amor.

En resumen, tanto nuestra relación con el Mundo y sus Elementos, como nuestro vínculo con las propias Emociones, son suficiente representativos para evocar cuál fue nuestro origen y recordarnos una vez tras otra, sin límite de tiempo, cuál es el camino de vuelta a casa.

Para disolver el Ego y retornar a la unión de ser Uno con el Amor de la Divinidad, únicamente necesitamos desandar el camino que recorrimos entonces:

Todo lo que proyectamos habrá de ser reintegrado en nuestra Consciencia para deshacer cada una de las falsas divisiones que cometimos para descubrir que no somos nada fuera de Dios y su Amor.

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