Ideas, reflexiones y vivencias del día a día de mi última vida desde el hospital psiquiátrico en que encerraron hace ya diez años.

27. Guardián de Historias

«Aún estaba plenamente encarnado en este cuerpo humano,
limitado además por las viejas estructuras de mi cuadriculada mente.»

Oskar me ha pedido que continúe explicando qué ocurrió después de que Liliane me encomendara ocuparme de la biblioteca. Imagino que quiere entender cómo llegué a alcanzar la inmortalidad si, por aquel entonces, todavía era incapaz de considerar que un conjunto de libros pudieran abarcar los secretos de la Eternidad… Muy sencillo: cuando murió Dora y Liliane apareció ante mi, yo todavía no era inmortal. Mi espíritu sí lo era, por supuesto… Todos lo son. Pero no mi cuerpo. Aún no.

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26. Cambio de mirada

«Cuando se nos llama enfermos automáticamente se nos está reconociendo como seres incompletos, rotos, o peores que los «sanos» Se nos mira como si estuviésemos mal.»

Como he dicho, por aquel entonces yo ya estaba rozando un estado de demencia preocupante, cada vez más desconectado de la realidad irreal de aquel lugar. Por decirlo de otro modo, estaba perdiendo la línea de consciencia que mantenía mi sensación de que mi cuerpo físico estaba encerrado en un psiquiátrico.

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25. Nuevo Matamentes

«Me estaba volviendo loco. Y eran aquellos que supuestamente se encargaban de curar
mi locura, los que estaban consiguiendo ahogarme en ella…»

Oskar… ay, Oskar… Hoy voy a hablar de ti.

Lo cierto es que cuando entró en el hospital no me causó buena impresión. Es normal teniendo en cuenta que, para entonces, él pertenecía al enemigo: lo presentaron como el nuevo psiquiatra, experto en tratar todo tipo de esquizofrenias, aunque su juventud y el porte despreocupado que gastaba le daban un aspecto poco habitual entre sus iguales. Primero pensé que se trataba de otro paciente, y cuando supe quién era, pensé que ya habían caído las vendas y comenzaban a aceptar que estaban peor ellos que nosotros.

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24. La paradoja del recuerdo

«Puedes continuar creyéndote la historia que te empujó a ser quien crees que eres,
o reinventarla para imaginarte distinto.»

Sostengo que no quiero recordar, pero aquí dentro no hay mucho más por hacer. O recuerdas el ayer o anticipas el mañana… y ambas cosas vienen a ser lo mismo: juguetear con la imaginación. A veces he pensado que estar encerrado es una oportunidad para revisar hechos del pasado con el fin de reformularlos para que duelan menos… Ahora no creo que sea una opción: estar encerrado te obliga a recordar. Te fuerza a revivir y repensar. Puedes continuar creyéndote la historia que te empujó a ser quien crees que eres, o reinventarla para imaginarte distinto. Y, créeme que, si eres capaz de imaginarte distinto, significa que ya eres distinto.

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23. Bibliotecario

«Una biblioteca es un universo que trasciende el tiempo,
donde convergen historias del pasado y del futuro más allá de cualquier límite.»

¿Y qué podría hacer yo en todo esto? Dijiste que tu libro hablaba de mi, ¿no?

Sí, pero solo al final. Hiciste algo que, en lugar de mejorar la situación, terminó por empeorarla. Sin embargo, tengo ciertas esperanzas. Aunque no puedo contarte demasiado al respecto… o corremos el riesgo de alterar la historia alternativa que he imaginado. Y si no la he escrito es porque, principalmente, existen demasiadas posibilidades de que pueda alterarse.

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22. El Fin (de la Imaginación)

«Nadie escribe nada, son las propias vidas vividas
las que deciden transcribirse a si mismas para inmortalizarse.»

Lo sé, lo leí en la biografía de la bibliotecaria, Dora. ¿Qué tienes que decirme?

Hay un libro que he estado escribiendo… Aún no lo he terminado, pero habla de ti –aseguró, poniéndome los pelos de punta–. Aunque en mi imaginación eres algo mayor, así que aún no tienes la edad del personaje del que he escrito. Todavía tienes tiempo.

¿Tiempo para qué?

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21. La escritora

«No hay respuestas ni revelaciones satisfactorias para aquellos que sueñan en confabulaciones.»

Encendí las luces nada más entrar en la sala, y descubrí varias estanterías, más sucias y empolvadas que las del piso de abajo. Era un lugar como detenido en el tiempo, como si hubiera surgido de una novela de misterio del siglo pasado. Pero ahí estaba yo, un hombre huraño y extraño de este mismo siglo.

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20. El hombre invisible

«No porque no pudiera entrar en mi biblioteca y me viera obligado a cambiar mi rutina,
sino porque aquella mujer me había obligado a comenzar una nueva vida.»

Cuando desperté al día siguiente, traté de volver a empezar. Pero algo había cambiado irremediablemente en mi. Lo supe nada más abrir los ojos. A pesar de ello, hice todo lo que estaba previsto que hiciera: cumplí con mi papel a la perfección, como cada mañana, por lo que mi madre no debió notar nada. Ahora bien, un nervio interno me acompañaba en cada cosa que hacía y me sobresaltaba a medida que se acercaba la hora de volver a la biblioteca.

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19. De dónde surgen los cuentos…

«Para un hombre que necesita ver con sus ojos todo lo que ama,
aprender a amar lo invisible acabará siendo su mayor liberación.»

Desde que mi ángel bajó a mi tierra, ni siquiera quería quedarme delante de la tele con mi madrastra. Durante los primeros meses de convivencia fue el único momento de distensión que compartimos, por eso ella me exigía ahora que me quedara haciéndole compañía como antes. Pero ya nada era como antes, ahora que había aparecido ella. Si me quedaba delante de la tele, iba a perderme la única cosa que verdaderamente quería ver.

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18. Vuelta… a empezar

«Por lo menos la tenía a ella.
Ella sostuvo aquella fantasía durante más tiempo de lo previsto»

La tarde se hacía más dura al saber que mi ángel no regresaría hasta el día siguiente; su ausencia, sin embargo, ayudaba a que mi imaginación se desbordara, por lo que las páginas cobraban mucha más vida gracias a la estela que ella había dejado. La lectura e investigación vespertina se prolongaba hasta que la malhumorada bibliotecaria se decidía a cerrar su templo, allá sobre las ocho.

Cada tarde, cuando llegaba la hora, ella solía hacerme un pequeño siseo que sólo yo escuchaba (era el único que aún no me había ido); a continuación, nos deseábamos las buenas noches, y yo regresaba a mi limbo particular.

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