9. Diez años

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«Aceptar que lo que digo es real, significa, automáticamente,
reconocer que todo cuanto siempre ha concebido él no lo es.»

Llevo diez años encerrado en esta prisión, aunque algunos prefieran llamarlo hospital. Diez años demostrando que no envejezco nada, pero todavía nadie se ha atrevido a reconocerlo. Cada día me pregunto cómo no los encierran a ellos, cuando es evidente que, habiendo pasado tanto tiempo, yo mismo me he convertido en la prueba de lo que afirmo. ¿Quién coño diagnostica a los que nos diagnostican como locos? ¿Acaso no se dan cuenta de que son ellos los que nos convierten en locos, al juzgar nuestra sabiduría como demencia y privarnos de libertad?

Uno de esos locos que nos enloquecen fue quién, amenazándome de muerte, concluyó que había demostrado que yo estaba mintiendo. Me dijo que, si yo era inmortal, entonces por qué no me tiraba por una ventana para demostrárselo, o quizás podía él clavarme un cuchillo para comprobar qué me ocurría… No sirvió de nada que le especificara cómo funciona mi inmortalidad. Le dije que tengo vida eterna en el sentido natural del asunto; es decir, no puedo morir de viejo… pero cualquiera, incluso yo mismo, puede asesinar mi cuerpo y destrozarlo, impidiéndome usarlo de nuevo. Aun así, yo no moriré: regresaré ocupando otro receptáculo, habitando un nuevo cuerpo. Se rió y me dijo que ahora había pasado de ser Superman al Dalai Lama.

No me entendió. No quiso entenderme. Y, lo cierto, es que yo sí lo entiendo a él: aceptar que lo que digo es real, significa, automáticamente, reconocer que todo cuanto siempre ha concebido él no lo es. Y muchos seres humanos prefieren la mediocridad de creerse impotentes y efímeros, antes que reconocerse equivocados.

Llevo diez años encerrado en esta prisión, aunque muchos prefieran mentir al mundo llamándolo centro de salud. La mayoría de los que conozco aquí adentro, eran seres especiales… Quizás no Eternos ni Almastë, pero sí personas con gran sensibilidad que en algún momento de sus vidas tuvieron dificultades para distinguir qué era o no real. En realidad, tuvieron el coraje de cuestionarse los patrones de realidad impuestos por el pensamiento de la masa. Pero se equivocaron al pensar que podían compartir esa información con cualquier integrante de la masa. La masa tiene siempre miedo, y cuando no entiende algo, prefiere pisarlo, apartarlo o arrinconarlo antes que sentir que su miedo pueda extenderse… La masa no comprende que, haciendo esto, ella misma decide vivir su vida dominada por el miedo.

Eso mismo le ocurrió a un buen amigo que hice aquí dentro durante los primeros siete años desde mi ingreso. Para que entendáis de qué os hablo, os contaré su historia.

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