6. Nombres reales

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«Mi nombre me ofrece la oportunidad de evocar que yo no soy más que unos ojos
observando los párrafos que se escribieron hace ya siglos»

Todos los nombres son inventados… Por supuesto que sí: no existe nada así como un nombre real. Todos fueron imaginados y atribuidos a seres que, antes de eso, no estaban supeditados a ninguna palabra. El asunto es por qué algunos merecen el permiso de crearlos, y otros no. La potestad de crear el propio nombre que, generalmente, te acompañará una vida entera debería recaer en uno mismo. Pero si lo haces, te llaman “mentiroso” y te tratan como a un delincuente que pretende ocultar algo.

En mi caso, he tenido muchos nombres y, aunque los recuerdo todos, para mi son personajes que ya murieron para dar a luz a aquél que ahora uso. Necesité matarlos para poder sobrevivir, para ser capaz de volver a empezar… aunque sepa de primera mano que ya no existe posibilidad de empezar o terminar nada. Ya no respondo a esos nombres; ya no respondo a ningún apelativo o apodo salvo aquél que escogí para mi mismo en este nuevo intento de lograr mi cometido.

Miento. Todavía me reconozco como Alma Muerta, es cierto. Aunque más que un nombre con el que me presento ante el mundo, es un constante recordatorio de lo que seguirá siendo mi mundo hasta que logre revivir mi espíritu.

Me llamo Alma Muerta a mi mismo, pero me identifico y me doy a conocer como Héctor Sóiel. Imagino que habréis captado la broma, la fina ironía que reviste su cuidada construcción… Y si no lo pilláis, hacéroslo mirar, por favor. Elegí tan intencionado nombre por un único motivo: recordarme día y noche que no existe una persona fija; la identidad inmutable de ser quién creo ser o quién me dicen que soy es pura invención.

Repetir mi nombre, o escucharlo cada vez que alguien me llama, me ofrece la oportunidad de evocar que yo no soy más que unos ojos observando los párrafos que se escribieron hace ya siglos… Soy un lector de este libro que yo he creído protagonizar; que todavía pienso que estoy escribiendo. Creer que soy yo su escritor me conduce a creerme que es mío, que lo poseo y me pertenece. Recordarme que no soy más que un mero lector, me otorga la imprescindible humildad de no tomar esta vida demasiado en serio, y la necesaria distancia para no volverme loco.

Los nombres del Sistema

No negaré que tuve ciertas dificultades para probar que existía algún padre con el apellido Sóiel, pero en épocas como la actual, en que lo falso y lo verdadero apenas se distinguen, no hay nada que no se pueda falsificar. Mi nueva madre fue Ista Real y mi padre Iberador Sóiel. Lindos nombres, ¿verdad? Pasé un fin de semana entero pensando en ellos, para que, sin dejar de ser significativos para mi, fueran lo suficiente realistas para no levantar las sospechas de los vigilantes del sistema.

¡Ay, el sistema! Es tanto la fuente de creencias de la masa como su mayor barrera. Permite creer que existe libertad, pero la coarta con sus propios límites de lo que es correcto o posible. El sistema no pretende vigilarte, tan solo cuidar de ti. Esa es la trampa. Mientras uno no llame demasiado la atención, no tiene de qué preocuparse…

El problema es que yo he terminado llamándola, y cuando han descubierto que no existe nadie que responda a los nombres de mi madre y mi padre, la cosa se ha complicado un poco. Ahí se levantó la sospecha. Pero cuando comprobaron que mi nombre no aparece en ningún certificado de nacimiento ni escolarización… bueno, digamos que eso me ha puesto en una situación bastante comprometida.

Todos los nombres son inventados. La mayoría por personas que jamás conocerás, aunque te los adjudicaran las personas que te engendraron. Un nombre se vuelve real después de que sea aprobado por el sistema y alguien lo use. Si no está apuntado en las listas del sistema, no sirve. Si el sistema no lo consiente, es falso. ¿Pero acaso pidió permiso el sistema para apuntarnos en sus listas? ¿Y cómo contarle a sus vigilantes que mi antiguo nombre me fue otorgado incluso antes de que se crearan sus listas?

En este mundo olvidadizo, si no tienes pasado te impiden vivir tu presente libremente.

Pero si no tienes nombre… ay, si no lo tienes. Sin nombre no mereces existir.

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