38. Contagio de Libertad

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«La muerte de nuestros mayores nos da pánico: los amamos demasiado como para dejarlos partir, pero no tanto como para cuidar de ellos«

De la conjunción de los Cuatro Elementos y sus protectores, emergen fenómenos climáticos y naturales, pero también surgen grandes plagas o epidemias. Y, como resulta evidente, este es el caso que nos ocupa en la actualidad.

Generalmente no veo la televisión ni sigo las noticias desde que estoy ingresado en el hospital. Tampoco suelo relacionarme con demasiada gente. Pero hoy me ha llegado una información de fuera. Acabo de enterarme de la epidemia actual que está extendiéndose por el mundo entero… Y si he escuchado de ella ha sido porque nos afecta directamente. No porque no vaya a recibir visitas, ya que eso hace varios años que no ocurre, sino porque mientras esto dure no llegarán nuevos ingresos.

Por otro lado, la gente que aquí trabaja debe tener especial cuidado con evitar contagiarse en el exterior, para impedir luego contagiarnos a los internos. Por primera vez desde que llegué a este lugar, parecemos ser nosotros los que tenemos que vigilar que los sanos no nos transmitan enfermedades. ¡Qué irónica es la vida a veces! Tantos años sintiéndonos los apestados, y percibiendo el distanciamiento del resto de personas por su miedo a que les infectáramos inoculándoles nuestra locura… ¡Y ahora es justo lo contrario! ¡En esas nos vemos!

Un mundo anciano

No hay mal que por bien no venga. Eso decía mi última abuela… Por suerte, tengo constancia de que ella falleció cuando le tocaba. No se vio en la tesitura de poder elegir: nadie le pudo alargar la vida de forma antinatural, puesto que murió de repente, sin alarmas ni avisos previos.

Ella se libró de los hospitales y su estéril lucha por arrancarnos de la muerte. Muchos considerarían su caso como un triste desenlace, sobre todo con las posibilidades médicas que han aportado los avances en la ciencia. Para mi fue afortunada: no sé si se fue cuando quiso, pero lo hizo cuando le tocaba. Eso me reconforta y, conociéndola, también a ella lo haría.

Hoy en día obligamos a los ancianos y ancianas a vivir más allá de su voluntad. Nos da pánico su muerte: los amamos demasiado como para dejarlos partir, pero no tanto como para cuidar de ellos. Preferimos que los cuiden residencias, con personal que ni siquiera conocen ni conocemos, en lugar de arriesgarnos a que puedan interrumpir nuestra ocupada agenda y vulnerar nuestra nunca suficiente libertad.

Su cuerpo se marchita y su aliento se apaga, pero los forzamos a sanarse incansablemente y los enchufamos a máquinas que respiran por ellos… Y todo por nuestro miedo a la muerte. Si por lo menos fuera el suyo. Nos aterra perderlos, pero aún nos aterra más perder el tiempo de nuestra vida atendiéndolos como se merecen.

Vivir: evitar los problema

Así somos los seres humanos en nuestra interminable senda hacia el ideal de libertad autoimpuesta. Anhelamos con ansia vivir nuestra vida tal y como la imaginamos en nuestras cabezas; y la imaginamos de acuerdo a ideales externos que hemos creído insustituibles hasta el punto de idolatrarlos.

Y luego detestamos todo aquello que ocurre entre lo que realmente somos aquí y ahora y los planes cincelados en nuestra cabeza. Y a eso lo llamamos problemas… A cualquier situación que nos sobreviene y rompe nuestra fantasía de vida. Otros lo llamarían oportunidad, o incluso vivir… Pero a muchos nos gusta el melodrama.

Tratar con seres humanos vulnerables y necesitados parece ser uno de los problemas más temidos que nos impiden vivir acorde a nuestras expectativas de última generación. Los adultos de hoy, hijos e hijas de sus padres y madres, no pueden hacerse cargo de ellos. La culpa siempre está presente, pero ni siquiera ella evita la irresponsable realidad que nuestra mente ha proyectado; una realidad en que la obsesión por el derecho a la vida se antepone a permitir una apropiada muerte.

Decidir por otros…

Es lo mismo que ocurre con algunos de nosotros, los locos: para cumplir con sus magnánimos ideales prefieren estirar nuestras vidas (algunas de ellas lamentables) a pesar de que les repitamos que nos hemos cansado de vivir. De nada sirve que supliquemos liberarnos, es más importante su idea acerca de cómo debemos vivir y morir, que nuestra voluntad de poder hacer una cosa u otra libremente.

Creemos poder controlar la vida, pero nos equivocamos. Quizás por eso aparezcan crisis globales como la presente: para recordarnos que no hay más control que el que la vida dicta. Que hace ya tiempo que erramos nuestro orden de prioridades. Y, por qué no…, que ninguna ciencia, por evolucionada que sea, tiene autoridad para decidir posponer un derecho que nos ganamos tan pronto nacemos: el derecho a morir cuando toca. Es decir, cuando la muerte nos llama.

Nos engañamos con la fantasía de tener control sobre la vida. Pero es la vida quien controla nuestro devenir… Y lo hace a través de las energías que la conformaron en primer lugar: los Cuatro Elementos articulan nuestros destinos, pero es el Quinto Elemento quien los culmina. La muerte.

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