37. Mente Vieja

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«Me encarcelaron por haber atentado contra mi mismo;
aunque ellos pensaron que había dañado a otro»

Una vez dentro de la comisaría, la conversación que se estableció entre el policía que atendía y lo que quedaba de Eric Lleiva no pudo ser más surrealista. Quizás hubiera iniciado una nueva etapa, pero todavía la estaba enfocando desde mi vieja mente.

– Sí, quiero denunciar que me han mat… que han intentado matarme.

– ¿Cuándo? ¿Ahora mismo?

– No, esta mañana… digo, ayer… ayer noche –comencé a ponerme nervioso.

– ¿Y dónde han ocurrido los hechos, caballero?

– En la biblioteca donde trabajo, delante de la plaza…

– ¿Y por qué dice que intentaron matarle? ¿Qué fue lo que ocurrió?

– Ehhhhh… –empecé a vacilar. Era lógico que no podía sostener que me habían clavado un cuchillo por todo el cuerpo.

– ¿Acaso lo han amenazado de muerte? –planteó el agente.

– No. No ha sido ninguna amenaza… Me han agredido –compliqué la situación aún más.

– ¿Lo ha visto algún médico? ¿Tiene parte de agresiones?

– Pues no… No he acudido a ningún médico. He venido directamente aquí.

– ¿Y de qué tipo de agresión estamos hablando? ¿Le golpearon, lo hirieron, lo lastimaron de algún modo? Esa es una declaración muy grave, por lo que necesitamos comprobar el estado de las heridas o contusiones para tomar pruebas de su testimonio.

– Ya… Es que no tengo heridas, pero sí sangre. ¿La ve?

Le mostré las manchas ya secas de mi sucia camisa, junto a los numerosos agujeros hechos por el cuchillo que se ensañó contra mi cuerpo.

– Si no tiene heridas, ¿de quién es la sangre, caballero?

– Mía… solo que las heridas ya se cerraron.

– Pero acaba de relatarme que ocurrió ayer noche. Y ni siquiera ha pasado por el hospital… Ninguna herida se cierra en tan poco tiempo. Si la sangre es suya, muéstreme las heridas, por favor.

– No puedo… Lo siento pero ya se lo he dicho: no tengo heridas. Han desaparecido –terminé de desmontar mi relato.

– Señor, tiene ahí varios agujeros y la camisa empapada en sangre. Es imposible lo que me está contando… Empiezo a pensar que la sangre no es suya. Ni tampoco la camisa… ¿De dónde la ha sacado? O… ¿a quién se la ha robado?

Aquí empezó todo. No tenía argumentos para defender mi denuncia. Y escogí las peores palabras para explicarme. Denunciar a una asesina invisible de un crimen que, en realidad, no parecía haberse cometido… ¡Pero yo había sufrido cada uno de esos navajazos! ¡Sabía que me habían matado! Aunque ¿a quién le importa una experiencia personal si uno no dispone de pruebas que la corroboren?

De asesino a loco

Llegados a este punto, yo ya no era ninguna víctima, sino el principal sospechoso de un crimen inexistente. No importó lo que dijera… Me detuvieron. Me encarcelaron por haber atentado contra mi mismo; aunque ellos pensaron que había dañado a otro.

Pasé una semana en el calabozo, hasta que, con mucha suerte, conseguí que me hicieran un análisis de sangre que contrastaron con la sangre de mi camisa. Con ello, logré que dejaran de tomarme por un asesino para que me consideraran un chiflado que había apuñalado su propia camisa y la había manchado de su propia sangre tiempo atrás. Y todo, creyeron ellos, por un delirio al que llamaron «síndrome de la víctima» con el que solo pretendía llamar la atención.

Esa fue la primera vez que me llamaron loco… y aun recuerdo la sensación de indignidad que esa palabra, lanzada con tanto desprecio, me produjo.

Y esta dolorosa memoria me hace pensar en cómo debió de sentirse también el pobre Trud; siendo reconocido y señalado como a un chalado por todos aquellos que lo conocieron desde bien pequeño…

En realidad, él y yo jamás fuimos tan distintos. Ni en esta vida, ni en esa.

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