34. ¿Asesina?

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«Recordaba haber sido masacrado a puñaladas, pero ahora era obvio que no estaba muerto.
En realidad, ni siquiera estaba herido»

Excepto por la sangre que aún bañaba mi camiseta y los surcos que había dejado su ensañado apuñalamiento, nada hacía sospechar que allí se hubiera producido un asesinato.

Para empezar, ni siquiera había cadáver… ¿para qué entonces molestarnos a buscar a la responsable de algo que no había ocurrido? En mi cuerpo no quedaba ni una sola herida, ninguna señal o golpe, ni un mísero moratón o cardenal.

Nada, no existían pruebas reales de que yo hubiera muerto. Mi ropa manchada y raída parecía un mero disfraz de Halloween, y al parecer tampoco había rastro del arma de un crimen que ya no podía llamarse así.

Recordaba haber sido masacrado a puñaladas, pero ahora era obvio que no estaba muerto. Que ni siquiera estaba herido. A decir verdad no sentía ni una pizca de dolor o malestar…

Me sentía, de hecho, más sano, fuerte y saludable de lo que recordaba haber estado en años. Esa es una de las peculiaridades de morir y renacer en un mismo cuerpo: todo lo que una vez estuvo mal, se sana tan pronto regresa tu alma. Toda herida curada, todo dolor purgado.

Y, además, al contrario de lo que sucede cuando mueres en un cuerpo y te reencarnas en otro, renacer en el mismo te permite recordar cómo fue tu muerte. Y, por consiguiente, acordarte de la cara de tu asesina. Aunque tu asesina haya dejado de ser una enemiga para convertirse en tu mayor aliada.

Porque otra peculiaridad de experimentar este fenómeno es que, lo que fuera que te llevó a morir, deja de ser una desgracia para convertirse en un regalo divino. En otras palabras, mi asesina era ahora mi salvadora. La autora de una nueva versión de mi vieja identidad. Era mi creadora.

Y es que renacer en el mismo cuerpo no solo cura y sana las heridas del ayer, también te regala la inmortalidad.

Cuando renací y descubrí que no hube muerto, no necesité más pruebas… lo supe de inmediato: ahora era inmortal.

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