33. Forzado a vivir

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«Si al morir no sentí nada, al revivir sí lo hice: una bocanada de oxígeno llenó mis pulmones y estremeció incluso los vastos abismos que dividen mi agrietada alma»

La Voz del Alma no se pronunció, pero tampoco lo hizo la Voz del Ego, que había enmudecido como nunca antes a lo largo de mi vida como Eric Lleiva.

Si visité algún lugar, no lo recuerdo. Por lo tanto no os podré revelar si existe cielo o infierno, ni siquiera si hay algo a lo que podamos llamar Dios.

No guardo ninguna memoria de haber visitado ningún sitio especial. Solo recuerdo algo, un pequeño detalle inconexo, como si fuera una breve imagen impresa en una de las sombras de mi quebrada alma.

Ni siquiera puedo llamarlo sueño o pensamiento; demasiado corto para ser el primero y demasiado visceral para confundirlo con el segundo.

Más que una imagen es una sensación. Un susto entre vacíos, un ahogo sin causa ni razón. Sentí un empujón, como si alguien impulsara mi espíritu y este se sobrecogiera del salto que le obligaron a dar. Algo arrojó mi alma

Si al morir no sentí nada, al revivir sí lo hice. Ese empujón devolvió mi alma a la vida; obligó a respirar a mi corazón, una bocanada de oxígeno que llenó entonces mis pulmones y estremeció incluso los vastos abismos que dividen mi agrietada alma.

De algún modo que todavía no me explico, mi Alma Muerta fue lanzada a vivir. Arrojada al mundo de nuevo. Regresó a esta dimensión y ocupó el cuerpo tendido en mitad de la biblioteca.

Incluso antes de reconectarme a la vida y empezar a respirar, mis párpados se abrieron en busca de la persona que me había forzado a cerrarlos. Pero no había nadie allí. Mi asesina ya no estaba. Aunque, de haber estado ahí, tampoco podría haberla llamado así.

Ahora ya no.

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