32. ¿Cómo se muere?

«Así fue cómo morí: perdido entre dos espacios que me fueron arrancados y donde no llega ningún pensamiento… Extraviado en los vacíos de la grieta que partió mi espíritu antaño»

Morí, simplemente morí. Y quizás os preguntéis: ¿cómo se siente la muerte? No se siente nada. No sé qué sintieron otros que pasaron por lo mismo… Por lo que a mi respecta, no sentí absolutamente nada. Menos que nada, ni siquiera el ligero vaivén de mi respiración apagándose.

Sé que ningún ejemplo será apropiado, pero dejadme intentarlo. Es como cuando estás viendo una película horrorosa, con papeles sobreactuados y argumento imposible, en la que no te crees nada de lo que ves. Entonces te desconectas de la imagen y pierdes el hilo, y quizás tus ojos continúen enfocados en la pantalla, pero lo cierto es que ya no estás mirando. Si no hay atención, no hay sentimiento. Si no te crees algo, no te afecta. Te da igual, no te emociona ni conmueve. Eres inmune a ello porque no lo sientes en ti.

Pues bien, imaginad ahora que eso mismo os ocurre con todo lo que creéis ser: de repente ya no te crees tu vida, te da igual tu cuerpo y lo que le ocurra, y no sientes nada, ni siquiera miedo, ante la disolución de tu propia identidad…

Entonces, amigos y amigas, cuando ni siquiera te afecta morir porque no crees que dicho fenómeno sea real, eres inmune a la muerte. En cierto modo ya has muerto aunque mantengas tu cuerpo intacto.

Sería algo así como aquello a lo que llaman «la muerte del Ego»… Os suena, ¿verdad?

Tratad de pensar ahora que ambas muertes, la del Ego y la del cuerpo, ocurren al mismo tiempo… Pero que tu atención, casualmente, ni siquiera se da cuenta porque está únicamente enfocada en una cosa: la brecha vacía de tu propia alma.

Así fue cómo morí: despistado de todo el proceso, distraída mi atención en ese agujero negro que queda más allá de toda sensación; perdido entre aquellos espacios que me fueron arrancados, en donde no llega ningún pensamiento… Extraviado en los vacíos de la grieta que partió mi espíritu antaño.

Ahogado en el hondo abismo insensible en que se convirtió mi Alma Muerta.
Abrumado por la característica y unificadora inconsciencia con la que te oxigena y te asfixia el Ginnungagap.

Así fue cómo morí.

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