29. El día en que morí por última vez

«Prefiero narraros el sufrimiento de mi muerte, antes que padecer de nuevo
el desgarrador dolor de morir recordándola a ella…»

Oskar me ha pedido que le hable de mi primera madre… pero me niego a ello. Todavía no estoy preparado para ir tan atrás en mi memoria de esta última vida… Todavía no quiero. Quizás sea porque es esta, la más cercana, también la más dolorosa.

Preferiría narraros el sufrimiento de mi muerte, antes que padecer de nuevo el desgarrador dolor de morir recordándola a ella… Y eso me dispongo a hacer: explicaros cómo morí a mi anterior identidad, y cómo nací como Hèctor Sóiel.

Imagino que lo más interesante sería contar por qué razón no envejezco. De qué manera morí como para que ahora mi piel y mi carne no noten el paso del tiempo. Si mi cuerpo no ha vuelto a envejecer, fue solo porque se cumplió el pronóstico de Liliane, y alguien mencionó la palabra mágica de la que ella me previno. Os lo relataré tal y como recuerdo que sucedió.

La muerte de Eric

Era invierno, y en la calle ya había anochecido. Me disponía a cerrar la biblioteca, como cada día a las ocho. Alguien entró sin que me diera cuenta…, o puede que ya estuviera dentro, la verdad es que no sabría decirlo con certeza. Sea como fuere, me di un buen susto al reparar que no estaba solo; aunque no fue por su voz: era una mujer y su tono era suave y apaciguador, de aquella clase de voces que invitan a confiar plenamente.

Me preguntaba por un tal Egil Lein… Por supuesto, le dije que no sabía quién era, que ahí pasaban cada día un montón de personas de las cuales apenas sabía cómo se llamaban, pero que mi nombre era Eric Lleiva, por si le interesaba. Entonces la mujer me miró. No una mirada que se pasea por tu cara evitando contactar contigo, sino una mirada que buscar comunicarse con tu alma. Me sentí invadido, pero a la vez familiarizado con esos ojos extraños e inquisitivos.

La mujer me dijo que Eric Lleiva no era mi nombre real. No pude rebatirle y quedé callado. Volvió a preguntarme por Egil Lein… Me sonaba, lo confieso, porque creía haber leído sobre él en un volumen de la «sección restringida» llamado «Hijos de la Eternidad». Pero también me sonaban muchos otros nombres, como Marla Angor o Duldred deVard. ¿Qué significaba aquello?

Entonces, se produjo el momento que me arrebató el aliento. El suceso que, de algún modo, me ha conducido hoy a estar aquí, encerrado en un hospital pero liberado a través de esta computadora de la sala de ordenadores. Dijo lo siguiente:

Si no recuerdas a Egil Lein, ¿imagino que tampoco te acordarás de Werfal, me equivoco?

Werfal

En efecto, por fin había llegado la palabra que Liliane me había anunciado. Al fin alguien la había pronunciado… Ahora, si la creía a ella, tan solo debía hacer una cosa: confiar y dejarme llevar.

Sí, conozco ese nombre. ¿Qué debo hacer? –le repliqué, incapaz de detener el temblor de mi labio.

Morir ahora para que no tengas que hacerlo nunca más –respondió.

El movimiento fue tan rápido que no tuve tiempo ni de protegerme. Me ató un colgante en el cuello, y cuando quise darme cuenta de qué forma pendía de aquel rugoso cordel, un cuchillo me perforó el abdomen repetidas veces. El dolor apenas se redujo a un pinchazo en el alma que se expandió fugazmente sin dejar rastro. Al recordar ese instante de angustia y pánico, únicamente me viene a la cabeza cuán profunda me pareció que podía ser mi respiración, y cuán roja la sangre que manchaba mis manos y mi camiseta. Ni siquiera me hice daño al desplomarme contra el suelo. Apenas podía sentir cómo me pesaban los párpados mientras el mundo se emborronaba y la mirada de mi asesina me sonreía al tiempo que apretaba las palmas de sus manos contra mi pecho y el suyo.

dav

Cuando morí, supe, de inmediato, quién era Werfal. Mejor dicho: quién había sido.

Porque, ahora que lo había olvidado, de él ya no quedaba más que su nombre…

Aunque su historia no fue borrada. Nunca nada desaparece del todo.

Su leyenda permanecía todavía flotando en los espacios invisibles del mundo,

esperando a que su dueño fuera lo bastante valiente para recuperarla,

y mostrarla a este mundo de seres visibles

que enloquecen cuando topan

con aquello que

no saben ver.

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