28. Sustituta de madre

«Gracias a ella volví a odiar a un ser humano. Y lo digo como algo positivo,
porque el odio que le dirigí me permitió volver a sentir.»

En aquella época, desvanecido mi ángel y su hija Liliane, y muerta la bibliotecaria Dora, el único contacto social mínimamente cercano, que no afectuoso, era mi madre adoptiva: Lourdes. Ella había perdido a un marido y un hijo… Pero yo había perdido mucho más, aunque todavía no lo recordara.

Para que me entendáis, no fue sencillo acostumbrarme a aquel último y enorme cambio que se produjo en mi vida; y no me refiero a mi nuevo trabajo como bibliotecario o al hallazgo de todos aquellos fascinantes libros… Me refiero a la pérdida de mi fantasía diaria: la desaparición de mi ángel. Es evidente que me sentí atraído por la madre de Liliane… A mi parecer, habría sido la mujer perfecta para atreverme a ser yo mismo junto a otro ser humano.

Si su hija era quien era… ella por fuerza tenía que estar al corriente de los entresijos de la auténtica naturaleza humana, así como de las ilimitadas posibilidades de nuestro potencial, e incluso también debía ser consciente de las incongruencias de tener una identidad pero identificarse con no tenerla. En mi mente idealizadora no podía ser menos que eso, siendo madre de aquella maravillosa criatura que era tanto prueba del amor que gobierna esta dimensión del Universo, como maestra de la sabiduría que acontece y enhebra todas las estrellas que conforman nuestro cosmos. Lamentablemente, jamás pude comprobarlo: ambas desaparecieron de mi vida después de aquel fugaz encuentro.

Las busqué, por supuesto que lo hice… pero ya se habían esfumado. Jamás supe qué fue de ellas. Y aún hoy, cuando las recuerdo, me compadezco por ello. Me pregunto cuánto habría cambiado mi vida si las hubiera seguido aquel día. Cuántas cosas habría evitado. Cuánto amor sentiría ahora en mi corazón. Pero no fue así. Yo decidí regresar a la que era mi casa entonces. Comprometido con la que consideraba mi mayor responsabilidad en ese momento: la anciana que había adoptado como madre.

La mujer que me enseñó a amar mi odio

Solo con recordarla un instante, y a pesar de todo el dolor que sentí a su lado, puedo perdonarme por mi decisión. Mi última madre no fue afectuosa ni cercana, pero me salvó la vida. Sí, digo última madre porque, como entenderéis, varias han sido las madres que me han cuidado; aunque con algunas esos cuidados se impartiesen a la inversa. Mentiría si dijera que no considero a una más madre que las otras; la primera fue especial y, sin embargo, sigue siendo de la que menos cosas recuerdo. Pero eso corresponde a otra vida, y he prometido que no hablaría de ello…

En esta vida actual he tenido dos madres: la que dio a luz a este cuerpo actual y lo crió y educó hasta donde pudo, y la que le ofreció refugio justo cuando más lo necesitaba. Y yo hoy quiero hablar de esta última: de la pobre y desvalida Lourdes.

Lourdes me ofreció una vida distinta justo cuando más agotado me sentía de la anterior. En aquel tiempo llevaba meses malviviendo por las calles, harto ya de las vicisitudes y obligaciones del sistema actual, cuando ella se detuvo ante mi y, por primera vez en semanas, me sentí mirado por alguien. Sin tan siquiera conocerme se ofreció a acogerme; me prestó la ropa de su difunto hijo, me cocinó como solía hacer para él, me instaló en su antigua habitación y me brindó todas las comodidades que éste ya jamás recibiría. ¿El problema? Que yo no era su hijo, y jamás lo sería. Primero pensé que me cuidaba por puro amor desinteresado, pero luego comprendí que seguía cuidando a su hijo aunque éste ya no estuviera; o precisamente por eso: me acogió a mi para no asumir que lo había perdido a él.

Un hijo a cambio de un sentido

Ahora lo cuento en apenas unas líneas, es lo que tiene hablar de algo que ocurrió hace ya tiempo. Por aquel entonces, tres largos años y sus cinco meses y medio fue lo que tardé en darme cuenta. Mientras tanto, establecí un vínculo tan comprometido y fiel que me obligué a volver a atarme a la vida. Quizás fue eso lo que necesitaba… Yo le di un hijo, y ella me ofreció una razón para vivir. Por lo menos durante un tiempo.

Gracias a ella volví a tener casa, a trabajar, a sentir calor humano. Gracias a ella me reencontré con el deber, con la lealtad, y con la culpa de quebrantarla. Sí, y también gracias a ella volví a tener familia, y obtuve el que sería mi último nombre antes del que ahora empleo. Ella me brindó el espejismo de lo papeles y la ilusión de volver a tener raíces: una documentación de la que carecía, y una casa y un apellido que terminé heredando.

Gracias a ella volví a odiar a un ser humano. Y lo digo como algo positivo, porque el odio que le dirigí me permitió volver a sentir. Meses de indigencia me habían empujado a un estado de apatía e indiferencia que me había matado por dentro a pesar de saber que por fuera nada podía lastimarme. Mi madrastra Lourdes me ayudó a conectar con mis emociones, y fue entonces cuando reapareció el odio por el que me había desconectado del mundo. Ahora entiendo que jamás la odié a ella por algo en concreto. Ella fue solo una excusa, no hubo nada personal. Mi odio estaba en mi, y ella fue el ser humano perfecto para liberarlo.

La última mujer que odié, fue quien me ayudó a amar mi propio odio.

Porque mi odio murió cuando lo hizo ella.

Cuando mis decisiones la mataron, cuando mi ausencia la asesinó.

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