27. Guardián de Historias

«Aún estaba plenamente encarnado en este cuerpo humano,
limitado además por las viejas estructuras de mi cuadriculada mente.»

Oskar me ha pedido que continúe explicando qué ocurrió después de que Liliane me encomendara ocuparme de la biblioteca. Imagino que quiere entender cómo llegué a alcanzar la inmortalidad si, por aquel entonces, todavía era incapaz de considerar que un conjunto de libros pudieran abarcar los secretos de la Eternidad… Muy sencillo: cuando murió Dora y Liliane apareció ante mi, yo todavía no era inmortal. Mi espíritu sí lo era, por supuesto… Todos lo son. Pero no mi cuerpo. Aún no.

En esa convulsa época ni siquiera consideraba la posibilidad de tener otra vida distinta a la que ya estaba viviendo. Todavía no había recibido las primeras memorias, ni había apreciado las señales que se presentarían, ni tampoco habían emergido las desconcertantes pesadillas que, con el tiempo, descubrí que ocultaban vivencias de mis vidas anteriores. Aún estaba plenamente encarnado en este cuerpo humano, limitado además por las viejas estructuras de mi cuadriculada mente.

El día después…

El día después de mi encuentro con Liliane, regresé a la biblioteca. ¿Qué otra cosa podía hacer? Por un lado, quería creer en todo lo que ella me había contado… Por el otro, deseaba que nada de eso fuera cierto y que todo continuara igual que siempre: la bibliotecaria Dora abriendo el portón a su hora habitual, y luego esas largas horas de lectura hasta la aparición de mi ángel. Por supuesto que Dora no apareció, ni tampoco lo harían el ángel y su angelical hija.

Al llegar, la biblioteca continuaba cerrada. Me senté delante de su puerta, en los escalones; y esperé… Hasta que, a media mañana, apareció alguien. Un hombre con aspecto elegante pero sombrío, y con una maleta que parecía pesar una barbaridad, ascendió a saltos las escaleras mientras examinaba su reloj. Me preguntó si yo era el señor Lleiva. Le respondí que sí. Al segundo, se sentó a mi lado, abrió su gran maleta después de ponerla sobre sus piernas y sacó un fajo de papeles que me fue mostrando uno por uno.

Herencia

Aquel hombre me contó que Dora, la antigua bibliotecaria, lo había dejado todo atado para que yo la sustituyera. Yo le pregunté si ese lugar no era público, y el hombre me respondió que su gestión se llevaba a cabo a medias: era una propiedad privada que recibía fondos públicos por el hecho de estar abierta a cualquier ciudadano que lo quisiera; pero no era un espacio propio del ayuntamiento, por lo que la voluntad de Dora prevalecía sobre cualquier otra consideración política o social.

Yo no entendí nada, ni siquiera comprendí cómo me podía dejar esa mujer una biblioteca en herencia sin pedirme siquiera aquel hombre que acreditara quién era yo. Simplemente firmé, empujado por las palabras de Liliane y la promesa que le había hecho el día anterior. El hombre se levantó, me cedió las llaves y me preguntó cuándo abriría, pues debía informar al ayuntamiento para que hicieran el pertinente anuncio… No fui capaz ni de decirle que ya tenía una copia de esas llaves.

Balbuceé, y no supe muy bien qué decir. Improvisé y manifesté que el lunes. Ni siquiera sabía qué día era… pero luego comprendí que había hecho bien: tendría el fin de semana entero para prepararme mentalmente y dejarlo todo listo para empezar aquella nueva vida. Dispondría, además, de un valioso tiempo para gozar de la biblioteca únicamente para mi.

El Principio que Nunca Acaba

Cuando el hombre se fue, no pasó ni un minuto de reflexión hasta que mis manos se pusieron a temblar, nerviosas, ante la perspectiva de ser yo quien abriera aquel santuario de cuentos, historias y leyendas: aquel templo de vidas y experiencias estaba ahora bajo mi responsabilidad. Yo era, a partir de aquel momento, su guardián. Y, ante todo, un guardián debía conocer las historias que guardaba de primera mano…

Nada más cerrar la puerta por dentro y sentirme solo y seguro, lejos de la mirada del mundo, comencé a correr, saltando de tres en tres los escalones que ascendían hasta el piso superior. Si alguien me hubiera visto… se habría reído o me hubiera creído loco. En realidad, estaba loco por saber, por descubrir más y más. La curiosidad siempre ha sido un motor para hacerme avanzar, en esta vida y en muchas otras. La pasión que me empujaba a la «sección restringida» era incontenible e irreversible… como un imán que tira de ti y no puedes evitar responder a su llamada.

Agarré una larga y vieja escalera de madera y la dispuse para poder acceder a la repisa más elevada de la primera estantería. Era el libro más antiguo y también el de más difícil acceso. Pero yo ya lo había visto aquella noche, y notaba también que su vetusta cobertura se había fijado en mi. Era una atracción mutua, un amor recíproco.

Cuando al fin alcancé el libro, ni siquiera esperé a bajar de la escalera; repasé su desvencijada portada y me dejé sorprender por su título: «El Principio que Nunca Acaba«. Abrí entonces el libro con extremo cuidado y descubrí que su primera página contenía un nombre que me era sospechosamente familiar, aunque no supiera de qué: «Ginnungagap, el Vacío de Todo, Lleno de Nada«

Y entonces, empecé a leer.

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