26. Cambio de mirada

«Cuando se nos llama enfermos automáticamente se nos está reconociendo como seres incompletos, rotos, o peores que los «sanos» Se nos mira como si estuviésemos mal.»

Como he dicho, por aquel entonces yo ya estaba rozando un estado de demencia preocupante, cada vez más desconectado de la realidad irreal de aquel lugar. Por decirlo de otro modo, estaba perdiendo la línea de consciencia que mantenía mi sensación de que mi cuerpo físico estaba encerrado en un psiquiátrico.

Casi toda mi consciencia estaba en alguna otra parte, como ida, ausente de este mundo, pero tampoco anclada en el más allá. No sé decir dónde estaba, pues ni siquiera se trataba de recuerdos. Después de mi ingreso, con un cuadro agudo de delirios y alucinaciones, llevaba mucho tiempo sin albergar memorias de otras vidas. Estaba cerrado a todo ello. Por no contener, ni sueños era capaz de acoger en el seno nocturno de mi inconsciente.

Probablemente se debiera a la profunda desconfianza que sentía hacia todos los médicos y especialistas, cimentada sobre el trato indigno y deshumanizado que había recibido por parte de la mayoría de ellos. Muchos psiquiatras (y otros muchos psicólogos, terapeutas, educadores y cuidadores) olvidan rápido que también nosotros somos humanos; quizás sea para protegerse, pero pronto se alejan de la mirada tierna que nos reconoce como a iguales para agudizar el análisis enjuiciante que te escruta como si fueses un misterio expuesto para ser resuelto.

Básicamente, muchos trabajadores de la salud mental no se dan cuenta de que cada una de nuestras locuras son reflejo de las partes locas y desconocidas de si mismos. O puede que sí se den cuenta y, como sienten el miedo ante la posibilidad de acabar como nosotros, se ponen esa coraza transparente desde la que nos miran como si fuésemos menos humanos.

Muchos de nosotros, los que todavía somos capaces de hablar y reflexionar, aquellos a los que la medicación aún no nos ha arrebatado la capacidad para sentir, coincidimos en una cosa que nos aleja y separa de aquellos que dicen pretender ayudarnos: no nos aceptan.

Ya ni siquiera me atrevo a hablar de amor, solo de pura compasión, de empatizar con nuestra situación y de que puedan reconocerse en nosotros como el espejo que somos de sus peores miedos jamás confesados. Sé de muchos compañeros que si se hubieran sentido aceptados en su locura, habrían sanado tarde o temprano…

Aceptar la locura

Hay una visión que hace mucho daño: contemplarnos como enfermos. Cuando se nos llama y considera enfermos automáticamente se nos está reconociendo como seres incompletos, que quizás estemos rotos, o seamos peores que los «sanos»… Se nos mira como si estuviésemos mal. ¿Y quién no se siente mal cuando todos le miran como si algo en él estuviera mal?

Después de tanto tiempo, me abro a la relajadora idea de que todo sirve para algo, incluso que te encierren y juzguen como enfermo mental. Ahora sé que puedo aprender mucho de esta experiencia… Pero no sé si todos los compañeros que conviven conmigo están igualmente preparados para darse cuenta de eso. Creo que no, por lo menos la mayoría de ellos. Y lo cierto es que tampoco yo hubiera estado dispuesto a aceptar esa posibilidad de no ser por la presencia de Oskar. Él y su mirada me han brindado esta oportunidad.

Primero fue su aceptación de mi realidad como algo que no debía cambiarse ni arreglarse, sino amarse; después la confesión de que también él había sufrido que lo tildaran de loco y entendía cómo podía sentirme yo al respecto… Y finalmente, fue descubrir su trato amoroso y compasivo cada vez que yo u otro paciente mostrábamos los síntomas generales de que, desde que este mundo loco ha dejado de mirar a sus locos, una nueva locura mundial ha comenzado a estallar.

Gracias Oskar, por mirarme como si fueras tú reconociéndote en el espejo de tu casa. Gracias Oskar, por amar aquello que soy sin pretender que forme parte de la «normalidad» de nuestro mundo. Y, sobre todo, sin tratar de devolverme a esa «normalidad».

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