24. La paradoja del recuerdo

«Puedes continuar creyéndote la historia que te empujó a ser quien crees que eres,
o reinventarla para imaginarte distinto.»

Sostengo que no quiero recordar, pero aquí dentro no hay mucho más por hacer. O recuerdas el ayer o anticipas el mañana… y ambas cosas vienen a ser lo mismo: juguetear con la imaginación. A veces he pensado que estar encerrado es una oportunidad para revisar hechos del pasado con el fin de reformularlos para que duelan menos… Ahora no creo que sea una opción: estar encerrado te obliga a recordar. Te fuerza a revivir y repensar. Puedes continuar creyéndote la historia que te empujó a ser quien crees que eres, o reinventarla para imaginarte distinto. Y, créeme que, si eres capaz de imaginarte distinto, significa que ya eres distinto.

Desde que he comenzado a recordar a voluntad, muchas cosas se han movido a mi alrededor. Casi toda mi última vida la he pasado huyendo del recuerdo, escapando del ayer hacia el mañana, pero sin tener claro dónde estaba ese mañana y cuál iba a ser mi papel en él. Casi toda mi última vida he querido olvidar… y, por mucho empeño que le puse, jamás conseguí que los recuerdos se olvidaran de mi. ¡Y solo hago referencia a mi última vida! Por ahora ni siquiera me atrevo a hablar de las demás…

Me doy cuenta de cuán enganchado estoy a los recuerdos a pesar del hastío que me producen. O quizás sea a a raíz de dicho hastío que me siento adicto a ellos… Recordar mata mi identidad actual a expensas de la identidad que todavía creo ser. Siento placer al recordar que fui otro fuera de estas cuatro paredes. Y, sin embargo, también siento una carga que me oprime el pecho y me extirpa toda dignidad. Creo que rememorar mi infancia y mi juventud me genera más desgaste mental y agotamiento emocional que haberlos vivido.

Y a pesar de todo ello, incluso balanceándome sobre todas estas contradicciones, estoy eligiendo recordar. Quizás me resista todavía a nombrarme en ese pasado que rememoro incluso sin querer, pero ya he comenzado el difícil y ambiguo camino de abrazar mi memoria. Reapropiarme de todos los recuerdos que fluyen en mi mente es, a veces, una tarea titánica, un desafío confuso que fluctúa entre actos tan ciegos como dar espacio a ideas locas que ni siquiera siento mías, tanto como recuperar a ciegas sueños como quien caza mariposas en una noche sin luna.

Porque cuando te dispones en total apertura a recordar, no sabes qué memorias llegarán a ti… Ni de qué vida procederán. Es una entrega absoluta, una rendición de la identidad construida para reaprender la identidad que subyace bajo todas las máscaras empleadas durante vidas. Abrirse a que te alcancen todos los recuerdos, implica abrirse a que sea la memoria del Cosmos la que te construya a ti por medio de todas aquellas imágenes, sentimientos y vivencias que alguna vez experimentaste pero que jamás comprendiste ni integraste. El Cosmos te trae únicamente los recuerdos que necesitas ahora, para despojarte de las cargas que te impones en este mismo ahora.

La decisión de comenzar a recordar ha sido mía, claro… pero se debe, básicamente, a la influencia de alguien que ha entrado en mi vida a lo largo de los últimos meses. Y, al contrario de lo que cabría imaginar en un lugar como éste, procede de la persona menos fiable y aparentemente cuerda de cuantas me rodean. A él quiero agradecer haber tomado la decisión de retomar mi escritura por última vez.

Liliane me previno de ello hace ya muchos años… pero volví a dejarlo de lado, por motivos que ahora no vienen a cuento. Ha sido gracias a él que ahora he recuperado este viejo hábito. Por ello, creo apropiado agradecérselo, sabiendo además que acabará leyendo este texto.

Como dije, es por su consejo que he abierto este Blog donde relatar qué o quién soy. Y es por él que continué escribiendo incluso cuando me prohibieron publicar en abierto…

Gracias, Oskar.

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