21. La escritora

«No hay respuestas ni revelaciones satisfactorias para aquellos que sueñan en confabulaciones.»

Encendí las luces nada más entrar en la sala, y descubrí varias estanterías, más sucias y empolvadas que las del piso de abajo. Era un lugar como detenido en el tiempo, como si hubiera surgido de una novela de misterio del siglo pasado. Pero ahí estaba yo, un hombre huraño y extraño de este mismo siglo.

Ni siquiera tuve que moverme, mis ojos se vieron atraídos por el primer libro del primer estante a mi altura, dado que albergaba un título inquietante: Hèctor Sóiel: Soy el Lector. Abrí el volumen de inmediato solo para descubrir que estaba vacío, totalmente en blanco. A su lado, había otro con el siguiente título: Dora Creha: Creadora. Lo escogí a continuación, y lo revisé por encima… quedé mudo en el acto: en sus páginas se contaba la historia de una mujer que terminó ejerciendo como bibliotecaria de esa misma biblioteca. Y aquello no era ninguna broma o coincidencia. Las últimas páginas revelaban, de hecho, que aquel libro hablaba acerca de la misma bibliotecaria que yo conocía, la misma con la que había estado hablando la noche anterior y había muerto después de eso. ¿Que cómo lo sabía? Pues porque el libro terminaba precisamente con nuestra exacta conversación, y luego, con su propia muerte.

Dudas sin respuesta

Según estaba escrito, nadie la había asesinado, sino que había muerto por voluntad propia al suicidarse en su propia casa; me dolió pensar que se hubiera quitado la vida frustrada conmigo y mi reacción, pero aquello, por lo menos, descartaba la opción de una secta secreta que fuera matando a gente para preservar secretos inconfesables… A menos, claro, que hubieran sido ellos los que escribieran aquel libro para confundirme. No hay respuestas ni revelaciones satisfactorias para aquellos que sueñan en confabulaciones. Por suerte, estando yo al corriente de cómo funcionan las mentes paranoicas, pude centrarme en lo más obvio de todo aquel descubrimiento: la bibliotecaria no solo no había mentido al hablar conmigo, sino que además me había dejado pistas para que comprendiera lo que ocurría en aquella biblioteca. El libro estaba lleno de ellas, pero, por encima de todas, había un detalle que me llamó especialmente la atención:

La autora, fuera quien fuera, de aquellas páginas, hacía numerosas referencias a Liliane, una niña de solo seis años, una niña que, acompañada de su madre, la visitaba cada tarde justo antes de ir al colegio. ¡Qué sorpresa tuve al comprender que se trataba de la misma niña pelirroja que, acompañada de mi ángel, preguntaba cosas a la bibliotecaria cada tarde!

Pasé la noche entera leyendo sin parar, y de ahí obtuve información imprescindible para entrever qué debía hacer a continuación. Para empezar, simular que nada distinto a lo normal había ocurrido: volví a casa y, aun sin dormir, actué como siempre. Lo único diferente que hice fue hablar con mi madre: le dije que ese mediodía no comería con ella, que lo sentía pero que tenía un compromiso al que no podía faltar. Y luego, cuando sentí que había cumplido con mis obligaciones, me fui a la biblioteca y me quedé sentado en las escaleras de su entrada, esperando a que apareciera ella. Ya no me importaba tanto mi ángel, sino la hija de ese ángel. Sabía perfectamente qué quería preguntarle; no en vano, ya me lo había repetido miles de veces mentalmente dentro de mi cabeza.

La hija del ángel

Nadie abrió la biblioteca tampoco aquel día, quizás para prolongar el duelo de quien había ejercido como su anfitriona durante más de treinta años. Pero muchas fueron las personas que, sin saber qué había ocurrido, llegaron y se vieron obligadas a regresar sobre sus pasos. Esperaba que Liliane y su madre hicieran también lo mismo; que repitieran, como cada día, su rutina, para que yo pudiera improvisar un encuentro que terminaría de romper la mía. Y ese momento llegó a las tres menos cinco exactas. Cuando las vi llegar me puse visiblemente nervioso, me levanté de las escaleras y me coloqué frente a la puerta. La madre de la niña pareció extrañarse ante ese hombre nervioso que parecía esperarlas, pero la niña estiró de su mano para que se pusiera a su altura; le dijo algo en el oído y luego subió corriendo las escaleras hasta ponerse frente a mi.

¿Quién… quién eres tú? –me atreví a manifestar.

Ya lo sabes –sonrió la niña.

Tú… tú has escrito esos libros…

No todos. Solo algunos. Los he visto en mi cabeza, a veces en sueños, otras despierta. Pero no puedo poner mi nombre en ninguno de ellos; mamá y Dora, mi protectora, consideraron que era mejor así para mantener mi anonimato y ocultarnos de la gente.

Usas seudónimos –comprendí–. Pero, ¡muchos de tus libros vendieron miles de copias!

Lo sé, pero nunca hice esto para darme a conocer. No busco fama, ni mi familia tampoco. Solo quiero que se sepa todo; todo lo que le ocurrió alguna vez a alguien. Porque cualquier vida, por aburrida que parezca, merece ser contada… y servirá a otros si se cuenta como es debido.

¡Pero te escondes detrás de varios autores célebres! Tú no escribes historias normales, hablas de ciencia ficción, de mundos imaginarios, de historias utópicas y leyendas mitológicas…

Todas ciertas. Solo que no pertenecen a este mundo. Eso no las hace menos reales, ¿cierto?

Para muchos sí.

Espero que para ti no… –soltó entonces–. Porque tengo un mensaje que debes escuchar.

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