11. El Arte de Volar (2a Parte)

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«El ser humano siempre quiso volar, y cuando uno descubrió cómo hacerlo,
el resto lo tachó de loco e impidió que lo hiciera.»

Daba igual las formas que emplearan los psiquiatras y terapeutas, o el personal de enfermería…, no hubo manera de hacerle ver que esos vuelos los imaginaba él, que todos esos viajes nocturnos los creaba su cabeza. Porque él sencillamente respondía que sí, que también todas las percepciones de los médicos procedían de sus cabezas, y que él no los juzgaba por eso. Era un enfermo difícil, no por agresivo, sino porque, a pesar de estar medicado, conservaba sorprendente agilidad mental y, a menudo, por sus afinadas respuestas parecía más listo que el personal médico. Por eso nadie conseguía derrotar sus delirios a través de la lógica, ni aplacar sus alucinaciones sin que él les diera la vuelta y los hiciera replantearse si no estarían todos alucinando también con él.

Las cosas se complicaron todavía más cuando Nico empezó a hablar de su amigo imaginario en los círculos terapéuticos. Lo llamaba Willy y, según él, lo veía cada miércoles, cuando lo visitaba en su casa del Soho londinense. A Nico no parecía importarle que Willy fuera inglés y él ni siquiera supiera contar hasta diez en dicha lengua. Ni por allí lo pillaron las psicoterapeutas a cargo de los círculos. Argumentó en su defensa que, cuando volaba hasta su casa y se comunicaba con él, no necesitaban del lenguaje para entenderse. Después de aquello, volvieron a cambiarle la medicación, añadiéndole una dosis más fuerte de un nuevo antipsicótico…, pero ni así lograron aplacar su disparatada imaginación.

Pesadillas de incomprensión

Su caso siguió creciendo y extendiéndose dentro de los campos de estudio mental, atrayendo, a la vez, a más y más entendidos en la materia. Tan y tan excepcional era que llegó el día en que todos los médicos y enfermeros comenzaron a tener extraños sueños con él. Y lo más misterioso del asunto era que, al día siguiente, cuando se lo comentaban a él para examinar su reacción, Nico les decía que había volado hasta sus cabezas a posta para desearles dulces sueños.

Lo cierto es que comenzaron a tenerle miedo. Solo así se explica la decisión que tomó el hospital psiquiátrico con un paciente que jamás se había mostrado violento ni había supuesto ningún riesgo para nadie: ningún paciente ni trabajador tenía mayor queja de Nico, salvo por su indefinible diagnóstico y su incognoscible condición. Pero fue él el elegido: se consideró que era el mejor sujeto para poner a prueba aquella nueva técnica, un método experimental llegado directamente desde Estados Unidos que estaba llamado a revolucionar los procedimientos de intervención en la salud mental.

Al cabo de una semana, lo iban a probar con Nico. Y él, como era consciente de lo que podía significar aquello, no dudó en volar y volar durante toda esa misma semana. Voló tanto, que apenas lo vieron despierto: costaba mucho despertarlo por las mañanas, tanto como levantarlo de la cama; pero es que después de desayunar, se tiraba en cualquier esquina, o incluso en mitad del pasillo, y se quedaba dormido de nuevo. Cuando lo despertaban, él ni siquiera se enfadaba, tan solo exponía que tenía ganas de volar y volvía a buscar algún lugar en que quedarse nuevamente dormido.

El mensaje de un ángel

Cuando llegó el día, Nico se despertó solo, ni siquiera hizo falta que nadie fuera a buscarlo. Lo ingresaron en la sala en que iba a llevarse a cabo la experimentación, y él se dejó hacer sin oponer ningún tipo de resistencia. Y, una vez tumbado en la camilla, a la espera de que le pusieran la inyección y comenzara el tratamiento del láser intracerebral, Nico habló por última vez como Nico. Lo que dijo pudo parecer una estúpida insensatez para todos aquellos psiquiatras que jamás lo conocieron pero que habían acudido a la presentación de aquel innovador tratamiento, pero fue ciertamente revelador para todos aquellos que sí lo hubieron conocido durante los últimos diez años que llevaba ingresado en la clínica.

– Y aquí termina mi último vuelo, en el mismo lugar en que empezaréis a volar vosotros. El ser humano siempre quiso volar, y cuando uno descubrió cómo hacerlo, el resto lo tachó de loco e impidió que lo hiciera. Simplemente nos cuesta aceptar que alguien pueda hacer aquello que nosotros no creemos que podemos hacer: nos inquietamos cuando no entendemos algo, y preferimos dejar de sentir inquietud antes que abrirnos a entenderlo –aseguró sin tristeza en su mirada–. Hoy vais a cortar las alas de la primera persona que aprendió a volar, pero mañana a algunos les crecerán alas cuando aprendan que uno puede volar sin necesidad de tenerlas.

Esta noche…

«Esta noche he volado por última vez, he visto pájaros planeando a mi lado, aviones bajo mis piernas y he admirado a Superman al reflejarme flotando sobre el océano austral. Esta noche os he visitado en sueños por última vez, y me he despedido de mi amigo Willy. Esta noche he aterrizado, después de llevar más de diez años surcando los cielos del mundo.

«Hoy me despido de vosotros. Aunque no termina todavía mi viaje: mañana dejaré de elevarme entre vosotros, para adentrarme en los espacios celestes más allá del planeta tierra. Si mañana me buscáis, no miréis este cuerpo sin alma, mirad los telescopios para buscarme más allá de las estrellas. Estudiad el firmamento e imaginadme vagando entre galaxias. O cerrad los ojos y uniros a mi en este viaje que ya no termina nunca. Mañana empieza mi viaje hacia los confines del Universo, y hoy he despertado y aterrizado entre vosotros para avisaros de ello.

La piel erizada de unos contrastó con el ceño fruncido y la mirada escéptica de otros. Activaron el protocolo como se había acordado, e iniciaron el experimento actuando directamente sobre el cuerpo de Nico.

El amigo imaginario

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, un taxi llegó a la clínica psiquiátrica: un hombre extranjero bajó del coche y se presentó en recepción. Se llamaba William Rouy, y había cogido un vuelo desde Londres para hacerle un favor a un buen amigo suyo. Todo el personal de psiquiatría accedió a recibir al recién llegado, pero necesitaron la presencia de un traductor para comprender el motivo exacto de su inesperada presencia.

William era un reputado científico entrado en años que había dedicado su vida entera a estudiar el fenómeno, para muchos ficticio, de los viajes astrales. De hecho, había escrito un libro llamado “El Arte de Volar”, que reunía varios casos, la mayoría ocultados o censurados, de experiencias que probaban dicha habilidad cada vez más extendida entre humanos. William expuso además su voluntad de hacer una importante donación a la clínica psiquiátrica, una ofrenda de un mecenas que, como Nico, había volado por los aires sin necesidad de alas. Esa elevada cantidad de dinero terminaría en las arcas privadas de la clínica únicamente si se destinaba a la investigación en pacientes con situaciones similares a la de Nicomen Pronddi. Por supuesto, los responsables del hospital accedieron a dicha donación, comprometiéndose a abrir una nueva línea de investigación entorno a los viajes astrales y otras habilidades incomprensibles de seres humanos incomprendidos.

Despedida celestial

Después de exponer su vivencia personal y contar el motivo de su visita, Willy rogó poder ver a Nico. Se lo concedieron sin objeciones, para agradecerle su presencia y su dinero. Cuando lo llevaron ante él, Nico seguía allí, pero ya no era Nico. Su cuerpo parecía el mismo, pero ya no su mentalidad y ambición de pájaro. Incluso era capaz de hablar y contestarte si le preguntabas, pero nada de lo que había ahí dentro hacía recordar al niño raro o al adolescente rechazado que había sido. Ni siquiera su mirada de excéntrico hombre joven podía reconocerse ahora si uno lo miraba fijamente a los ojos.

Pero Willy no se entristeció por ello, tan solo honró el cuerpo que había ocupado su compañero por veintiséis años, y le dio un beso en la frente. Y luego, le agradeció a su buen amigo todas las divertidas noches que habían pasado juntos charlando y riendo. Las noches de los miércoles ya no serían lo mismo sin él.

Aunque Willy sabía que ahora a Nico ya no le importaban los miércoles ni ningún otro día de la semana. Nico estaba mucho más allá de eso ahora: en lugares y momentos más allá del espacio y del tiempo. A pesar de lo que aparentara ser su vida humana, su buen amigo había sido inmensamente feliz. Aprender a volar le había abierto las puertas de un mundo paralelo que no aceptaba comparaciones con el mundo humano. De hecho, aun teniendo una experiencia tan poco humana, Nicomen Pronddi había disfrutado increíblemente de su experiencia de humano; tanto que solo había lamentado una única cosa en toda su vida: haber sido por tanto tiempo incomprendido.

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