10. El Arte de Volar (1a Parte)

  • Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Mi Presente
«Él quería vivir, pero no anclado en el suelo como el resto de humanos,
sino flotando entre las nubes.»

Se llamaba Nicomen Pronddi, pero todo el mundo lo conocía como Nico. Desde muy pequeño soñó con ser capaz de volar como los pájaros. Él estaba seguro de que lo iba a lograr, pues sólo tenía que esperar a que le crecieran las alas. O quizás sin ellas, como Superman. Poco le duró esa inocente fantasía, lo justo para que sus padres le contaran la verdad: él era un niño humano, y los humanos no tenían alas ni volaban vestidos con capas rojas. Desde aquel día, Nico empezó a aborrecer dos cosas: los límites de los adultos, y el mismo hecho de ser persona.

Incluso así, él nunca dejó de dibujar monigotes flotando por los aires (cosa que su primer psicólogo consideraba de niño demasiado soñador y volátil), pájaros con alas gigantes, Supermanes sin pies, o aviones con caras humanas. Todo lo que le interesaba tenía que ver con el cielo y los aires, y apenas sentía pasión por nada de lo que ocurriera más abajo. No es que no tuviera los pies en la tierra, sino que para él directamente no existía tierra, ni, en consecuencia, le gustaba emplear los pies. Por eso detestaba todos los deportes que se practicaban andando o corriendo, del mismo modo que odiaba los deportes acuáticos o los juegos intelectuales: desde los enigmas de lógica hasta los juegos de mesa, ninguno era capaz de despertarle un mínimo de interés.

Lo único por lo que parecía sentir un poco de curiosidad tenía que ver, cómo no, con el cielo: parapente, ala delta o caída libre en paracaídas, nada más que eso pudo sacarle su tercer psicólogo en su afán de adaptarlo levemente a las habituales aficiones humanas. Asimismo, cuando le preguntaron qué quería ser de mayor, “piloto de aviones” fue el único oficio que se llegó a plantear…, y eso fue después de que le descartaran las primeras tres respuestas: pájaro, Superman y avión.

Nico era, en opinión de los expertos, como un autista sin autismo con una única obsesión, tan clara como imposible: poder volar. Ese era su único deseo; ni fama, dinero, pareja, hijos, coche, trabajo o viajes…, ningún logro o meta le llamaba la atención, ya que tenía un solo objetivo en la vida, su único propósito era ser capaz de volar.

Mente de pájaro

A todas luces, era un caso fascinante para los especialistas del campo de la psicología y la terapia, un paciente con un trastorno excepcional. Pero, de tan interesante y llamativo que era, igual de decepcionante e incomprensible terminaba resultando. Nadie sabía qué hacer para ayudar a aquel niño con cuerpo de persona pero mentalidad y ambiciones de pájaro; por eso pasó su infancia vagando de experto en experto, impulsado por su frustrada familia, que todavía albergaba esperanzas de cambiar a su excéntrico hijo por uno un poco más convencional.

Pero no hubo suerte, nadie entendía lo que le pasaba. Era como si una criatura celestial hubiera quedado atrapada en un cuerpo humano. Y así como no existían razones ni traumas en el pasado que explicaran aquello, tampoco las investigaciones más modernas ofrecían solución a tan grave desorden. Es cierto que algunos expertos se aventuraron a ponerle nombre a aquella alteración, pero ni siquiera ellos eran capaces de ponerse de acuerdo, inventando nuevos diagnósticos para tan extravagante caso: delirio grave angelical, expuso el psicoanalista que lo estudió, o esquizofrenia crónica con trastorno delirante divino, lo etiquetó un importante psiquiatra privado. Palabras y etiquetas, inútiles todas, para tratar de comprender a un niño con una incuestionable ambición: vivir en los cielos.

Quizás por eso los médicos asociaron su peculiaridad con todos aquellos pacientes que decían ser Dios y aseguraban morar en el cielo junto a sus ángeles protectores. Sin embargo, Nico jamás se identificó a si mismo como divinidad, ni mencionó a ángeles o demonios, o habló de cielos eternos o infiernos diabólicos; simplemente quería abandonar la tierra para elevarse más allá de ella… Pero tampoco buscaba morir, ni tenía tendencias suicidas, no: en ningún momento mostró intención de hacerse daño o terminar con su vida. ¿Cómo iba a desear eso? Nico era plenamente consciente de que la muerte significaba ser enterrado aún más hondo, más lejos todavía de su amado y añorado cielo. Él quería vivir, pero no anclado en el suelo como el resto de humanos, sino flotando entre las nubes.

Del cielo al infierno

Con este longevo y preocupante historial, se entiende que su familia no supiera qué hacer con su hijo. Después de tantas y tantas técnicas terapéuticas, de tantas sesiones de psicoanálisis, de tantos métodos conductuales, de tantos y tantos especialistas hablando desde sus respectivas corrientes psicológicas y líneas de pensamiento, nada había servido para nada. Ni siquiera la potente medicación que tomaba desde hacía seis meses le había modificado las ideas o atemperado su obsesión. Nada lo había hecho cambiar de opinión. Y, a pesar de que su enfermedad todavía no había mostrado brotes de alucinación severa en que viera cosas que no estaban allí, ni había sufrido delirios permanentes en que asegurara ser otra persona, cada cierto tiempo incrementaban su medicación y le administraban mayores dosis de antipsicóticos.

Pero lo cierto es que Nico jamás dijo ser otra persona distinta a Nico, ni tampoco vio imágenes o escuchó voces que no estuvieran allí. Era un loco sano, pero esa aparente cordura lo volvía todavía más intratable, convirtiéndolo en un loco de imprevisible locura e imposible cura.

Creciendo su infancia sobremedicado, todo empeoró cuando entró en la adolescencia: fue entonces cuando estallaron las primeras crisis de lo que bautizaron como “neurosis nocturna delirante”. Hasta aquel momento, Nico únicamente había demostrado profunda e irremediable desgana hacia la vida terrestre, en contraposición con su elevado entusiasmo por la vida celeste; nada más que eso, por muy frustrante que le resultara a la comunidad psicoterapéutica que lo estudiaba y evaluaba. Pero ahora…, ahora comenzaron los sueños.

Aprendiendo a volar

Con el paso a la adolescencia, Nico pasó de desear volar por encima de todo, a sostener que ya era capaz de volar por encima de todos. Según él ocurría por las noches, cuando abandonaba su habitación y salía por las ventanas directamente hacia el cielo nocturno. Surcaba así el firmamento mientras la luna y sus estrellas lo acompañaban, para luego, justo antes del amanecer, regresar a tiempo a su cama para que sus padres no notaran nada. Cuando Nico confesó lo de sus “viajes nocturnos”, aseguró que ya hacía unos meses que disfrutaba de ellos. Que si no lo había dicho antes era solo por miedo a que no lo creyeran.

Había hecho bien en tener miedo, pero hizo muy mal en confesarlo cuando lo pillaron desnudo bajo su ventana abierta. Tal y como había supuesto, su familia no lo creyó. Ni tampoco lo hicieron los expertos, que se apuntaron un tanto al poder añadir las alucinaciones a su extraño caso. Lo que apenó a los padres, alegró en cierto modo a los psiquiatras, ya que ahora su paciente no parecía tan anómalo como su impotencia los había obligado a asumir hasta entonces.

Nico fue internado en una clínica psiquiátrica para garantizar una correcta observación de sus recientes brotes, justificado además para reequilibrar su medicación a fin de hallar la dosis y combinación exactas para que los efectos de su esquizofrenia remitieran. A la edad de quince años fue recluido Nico, y, lamentablemente, ya nunca volvería a salir de esa clínica psiquiátrica. Por lo menos no con sus pies… Porque durante los siguientes años, no hubo pastilla o tratamiento que evitara que Nico asegurara salir a volar cada noche. Y era esa creencia lo que, probablemente, lo mantuvo vivo. Porque extrañamente, a pesar de que su estado diurno destacaba por su depresivo sedentarismo, en terapia él aseguraba sentirse más feliz que nunca. Cada vez que le preguntaban el motivo, Nico respondía lo mismo: “Porque al fin he aprendido a volar”.

Deja una respuesta